"El Señor me hizo nacer, dirá de sí santa Teresa del Niño Jesús, en
una tierra santa y como impregnada de un perfume celestial".
"Dios, añadirá en una carta a uno de sus "hermanos"
misioneros, me ha dado un padre y una madre más dignos del cielo que de la
tierra."
Fe viva, espíritu de oración, anhelo de santidad, amor al prójimo...;
virtudes son éstas que Teresa no tuvo que aprenderlas en los libros de ascética,
ni en las vidas de los santos. Le bastó contemplarlas en sus padres y copiarlas
luego de modelos tan eminentes.
Es emocionante, a este respecto, el testimonio de su última hija, Teresa del
Niño Jesús: "Ellos pidieron al Señor que les diese muchos hijos y que
los tomara para sí. Fue escuchado este deseo. Cuatro angelitos volaron para el
Cielo y las cinco hijas, que quedaron en la arena, escogieron a Jesús por
esposo. Mi padre, con un ánimo heroico, como un nuevo Abrahán, subió tres
veces la montaña del Carmelo, para inmolar a Dios lo que tenía de más
querido. Primero fueron sus dos hijas mayores... Después, la tercera de sus
hijas ingresó en el convento de la Visitación. Al escogido de Dios no le
quedaban más que dos hijas: la una de 18 años, la otra de 14. Esta, Teresita,
le pidió volar al Carmelo, lo cual obtuvo sin dificultad de su buen padre.
Cuando la hubo conducido al convento, dijo a la única hija que le quedaba:
"Si quieres seguir el ejemplo de tu hermana, consiento en ello, no te
preocupes por mí".
Al anunciar a sus amigos la entrada de su queridísima benjamina en el
Carmelo de Lisieux, les añadió: Dios sólo puede exigir un sacrificio como éste...
Mas no me compadezcáis, porque mi corazón rebosa de alegría. Todos los años,
los esposos retiraban del fruto de su trabajo una buena suma y la destinaban en
favor de la Obra de la Propagación de la Fe".
Estimulada por estos ejemplos, pudo Teresa afirmar: "Si hubiera sido
libre para disponer de mis bienes, me hubiera arruinado ciertamente; porque no
podía ver una persona en la miseria sin darle enseguida cuanto
necesitaba".
Recuerda Teresa que a sus 8 años "sacaba de mi hucha algunas limosnas,
para entregarlas en determinadas fiestas solemnes a la Obra de la Propagación
de la Fe". No es extraño que con esta educación caritativa y misionera se
despertara pronto en su corazón un vivo deseo de salvar almas.
A los 14 años obtenía con sus oraciones, de la misericordia de Dios, la
conversión de un gran delincuente, por nombre Pranzini; quien., antes de ser
ajusticiado, "besó por tres veces el Crucifijo que le ofrecía el
sacerdote".
Pero Teresa no se contentaba con prodigar su ayuda espiritual y material a
los necesitados; deseaba hacer mucho más.
Cuenta su hermana Celina, que a los 14 años pensó hacerse religiosa de las
Misiones Extranjeras de París. "Cuando un día leyendo los Anales
Misioneros de la Propagación de la Fe, interrumpe de pronto su lectura y
exclama: ¡Qué violento deseo siento de ser misionera! ¿Qué sucedería si lo
reavivase aún más con la visión directa de este apostolado? Me haré
carmelita. Esta conclusión, que a primera vista parece desconcertante, queda
explicada con la frase que pone punto final a esta anécdota: Me explicó luego
el porqué de esta determinación: Era para sufrir más y con esto salvar más
almas".
Resultado lógico de esta educación profundamente cristiana y apostólica,
iluminada por una gracia interior, a la que fue fiel toda su vida.
Al entrar en el Carmelo a los 15 años, será plenamente consciente de que lo
hace "para salvar las almas y especialmente para orar por los
sacerdotes".
Un Carmelo misionero. Trece años antes de nacer Teresa del Niño Jesús, el
convento de Lisieux había fundado un Carmelo en Indochina, en la ciudad de Saigón.
Su fundación es una confirmación más, harto elocuente, del dogma de la
Comunión de los santos.
A mediados del siglo XIX, hallábase en la cárcel de Hué, por segunda vez y
condenado a muerte, Mons. Domingo Lefebvre, celosísimo Vicario Apostólico de
Indochina. Las constantes y sangrientas persecuciones contra los Misioneros del
Annam, le habían convencido al piadoso prelado de la necesidad de contar,
dentro de este país, con un monasterio contemplativo, con un grupo de almas
orantes, que se inmolasen totalmente por aquella Misión. Pero ¿dónde
encontrar esas almas escogidas?
Encadenado estaba en un lóbrego calabozo, cuando súbitamente se le aparece
un día Santa Teresa de Jesús, de la que era muy devoto, y le da este mensaje
lleno de esperanza: "Establece un carmelo en el Annam: Dios será
grandemente glorificado."
A los pocos días recibe en la cárcel la noticia de que una prima suya ha
profesado en el convento de Lisieux con el nombre de sor Filomena de la
Inmaculada Concepción.
Liberado providencialmente de la condena a muerte y de la prisión, tiempo le
faltó a Mons. Lifebvre para escribir a la Priora de Lisieux y pedirle le
enviase algunas religiosas de su convento, a fin de fundar un carmelo en su
inmensa y desgraciada Misión.
La priora de Lisieux, la Madre Genoveva de Santa Teresa, una "santa auténtica"
(de la cual Sor Teresa del Niño Jesús enjugará con un pañuelo la última lágrima
en su agonía, guardándolo como una reliquia y llevándolo siempre consigo),
contesta inmediatamente a Mons. Lefebvre acogiendo dedicadamente su petición.
El 1 de julio de 1861, parten de Lisieux 3 religiosas carmelitas rumbo a
Indochina. En el camino se le añadirá otra cuarta. Como priora marcha sor
Filomena de la Inmaculada Concepción.
El 15 de octubre de este mismo año, se inaugura el primer Carmelo del
Oriente en la ciudad de Saigón. El Señor ha bendecido a manos llenas este
convento teresiano. De él han brotado, en poco más de cien años, 40
monasterios más.
La vocación misionera de santa Teresa del Niño Jesús encontrará en
Lisieux profundos y constantes estímulos y se transformará pronto en intensa
pasión misionera, que constituirá un típico elemento de toda su vida
espiritual e influirá profundamente en su fisonomía interior.
Pregonera de una Misión universal. Adelantándose en muchos años al
Concilio Vaticano II, penetrará profundamente Teresa en la Misión universal de
la Iglesia, que brota irreprimiblemente del hontanar divino del amor. Y de esa
misión universal quiere hacerse la pregonara.
Hay textos maravillosos en los que dejó la impronta imborrable de su alma
profundamente eclesial:
- "El celo de una carmelita debe abarcar el mundo".
- "Quiero ser hija de la Iglesia, como nuestra madre santa Teresa, y
rogar por todas las intenciones del Vicario de Cristo, sabiendo que esas
intenciones abrazan al mundo entero. Este es el fin principal de mi vida".
- "Quisiera iluminar las almas como los profetas y los doctores,
quisiera recorrer la tierra predicando vuestro nombre y plantando, amado mío,
en tierra infiel vuestra gloriosa Cruz. Mas no me bastaría una sola Misión,
pues desearía poder anunciar a un tiempo vuestro evangelio en todas las partes
del mundo, hasta en las más lejanas islas. Quisiera ser Misionera no sólo
durante algunos años, sino haber sido desde la creación del mundo y continuar
siéndolo hasta la consumación de los siglos".
Por las frecuentes citas que hace sor Teresa del Niño Jesús de la doctrina
de san Juan de la Cruz, se echa de ver que le causó indeleble impresión en su
alma aquel profundo principio enunciado por aquél, en su explicación a la
estrofa XXIX, de su Cántico espiritual y que ella resume así: "El más
pequeño movimiento de puro amor, es más útil a la Iglesia que todas las demás
obras juntas".
- "La caridad me dio la clave de mi vocación. Comprendí que si la
Iglesia tenía un cuerpo, compuesto de diferentes miembros, no podía faltarle
el más necesario, el más noble, de todos los órganos; comprendí que tenía
un corazón, y que este corazón estaba abrasado de amor; comprendí que el amor
es el que imprime movimiento a todos los miembros; que si el amor llegase a
apagarse, ya no anunciarían los Apóstoles el evangelio, y rehusarían los mártires
el derramar su sangre. Comprendí que el amor encierra todas las vocaciones, que
el amor lo es todo, que lo abarca todo, todos los tiempos y lugares, que es
eterno. Y exclamé en un transporte de alegría delirante: ¡Oh Jesús, amor mío,
al fin he hallado mi vocación! ¡Mi vocación es el amor! Sí, hallé el lugar
que me corresponde en el seno de la Iglesia, lugar, ¡oh, Dios mío!, que me habéis
dado vos mismo: en el corazón de mi madre la Iglesia seré yo el amor... Así
lo seré todo, así se realizarán mis anhelos."
Eficacia de la prensa misionera. Este constante, ardiente y profundo espíritu
misionero, que orientó toda su vida religiosa, era alimentado por una frecuente
lectura de las vidas de ilustres Misioneros y de algunas revistas de Misiones,
como los Anales de la Propagación de la Fe, tan conocidos por ella desde su más
tierna infancia; con un contacto epistolar con sus dos "hermanos"
misioneros y con las relaciones establecidas entre su Comunidad y los Carmelos
de Saigón y Hanoi, en los que había religiosas que habían profesado en
Lisieux.
La hermana mayor de Teresa, son María del Sagrado Corazón, afirma de ella:
"Leía con avidez las vidas de los Misioneros, porque en ellos encontraba
la expresión de sus mismos deseos".
Por su parte, escribe Teresa al Padre Roulland: "He leído, después de
vuestra partida, la vida de varios de vuestros Misioneros (de las Misiones
Extranjeras de París). Leí entre otras la de Teófano Venard, que me interesó
y emocionó sobre manera".
Esta lectura marca el punto de partida de su gran devoción por el joven mártir
del Tonkín, o por mejor decir de una amistad o afinidad celestial. Párrafos
enteros de las cartas de este apóstol serán copiadas por Teresa.
"Reflejan, escribe ésta, mis propios pensamientos, mi alma se parece a la
suya".
Apostolado de la oración y del sacrificio. Todo ello explica la constante
presencia del tema misionero en sus oraciones y en sus sacrificios...
"Estoy convencida de la inutilidad de los remedios que tomo para
curarme. Pero me las he arreglado con Dios para que se aprovechen de ello los
pobres Misioneros, que ni tienen tiempo ni medios para curarse. Pido a Dios que
los cuidados que a mí me prodiguen les curen a ellos."
Caminaba un día a duras penas por el jardín de su convento, cuando una
religiosa, viéndola, jadeante, la invitó a sentarse.
"¿Sábelo que me da fuerzas? -contestó Teresa-, pues ando para un
Misionero. Pienso que allí, muy lejos, puede haber alguno casi al cabo de sus
fuerzas en sus excursiones apostólicas, y para disminuir sus fatigas, ofrezco
las mías a Dios."
Atracción de un carmelo misionero. Esta preocupación la impulsó no sólo a
la ofrenda diaria de sus oraciones, de sus sacrificios y dolores por los
Misioneros, sino a desear partir ella misma como Misionera contemplativo al
carmelo de Hanoi, fundado por el de Saigón, dos años antes de su muerte.
El Carmelo de Hanoi lo había solicitado con insistencia sor Teresa del Niño
Jesús; y deseando obtener esta gracia comenzó una novena al venerable Teófano
Venard.
"Usted misma, escribe en su autografía dirigida a la nueva Priora, M.
Gonzaga- solicitó en su juventud marchar a Saigón... Los deseos de las madres
suelen encontrar eco fiel en el alma de los hijos. Por eso permítame confiarle
que he deseado y deseo todavía, si la Santísima Virgen me cura, dejar por una
tierra extranjera el oasis delicioso en el que vivo aquí feliz, bajo su mirada
maternal".
"Desearía ser enviada al Carmelo de Hanoi para sufrir mucho por Dios.
Si me curo quisiera ir allí, para vivir enteramente sola, sin alegría y
consuelo alguno en la tierra. Ya sé que Dios no necesita de nuestras obras, y
aun estoy segura de que allí no prestaría yo servicio alguno; pero sufriría y
amaría. Esto es lo que cuenta a los ojos de Dios".
Misionera desde el cielo. Previendo que su inmolación por la Iglesia
misionera tiene contados sus días, pues no puede prolongarse más allá de su
muerte, aspira a seguir siendo Misionera desde el cielo. Este pensamiento no le
abandonará ya.
"Con gozo -escribe al Padre Roulland- le anuncio mi próximo ingreso en
el cielo. Lo que me atrae a la patria celeste es la esperanza de amar finalmente
a Dios de la manera que tanto he deseado y el pensamiento de que podré hacerlo
amar de una muchedumbre de almas, que lo glorificarán eternamente".
"Quiero pasar mi cielo haciendo bien en la tierra", dirá pocos días
antes de expirar. Esta profético frase se grabará sobre su tumba de Lisieux.
Pronto una lluvia de rosas comienza a descender de lo alto sobre los que la
invocan y en especial sobre los Misioneros a los que tanto amó en vida y con
cuyo apostolado mantuvo estrechos contactos.
Patrona de las Misiones como san Francisco Javier. El año 1925, el Papa Pío
XI nombraba a Teresa del Niño Jesús Patrona de la Obra de San Pedro Apóstol
para el Clero Indígena.
"Alimentamos la esperanza cierta -declaraba el santo Padre- de que por
intercesión de esta santa protectora afluyan como de una fuente inexhausto,
hacia esta pía asociación, innumerables gracias divinas. Y puesto que por múltiples
razones, la formación de un clero nativo presenta grandes dificultades, no
dudamos que, a través de esta poderosa mediadora ante Dios, los obstáculos serán
felizmente vencidos y los jóvenes indígenas, llamados a la heredad del Señor,
no tardarán en experimentar el pronto auxilio de tan gran protectora."
Por voluntad del mismo santo Padre Pío XI, la Sagrada Congregación de
Ritos, por un decreto del 14 de diciembre de 1927, declara a santa Teresa del Niño
Jesús, Patrona principal de todas las Misiones y de todos los Misioneros y
Misioneras del mundo, al igual que san Francisco Javier, "por razón del
grandísimo ardor y celo que la consumía por dilatar la fe".
El mismo Papa Pío XI, en la encíclica Rerum Ecclesiae, hacía de ella el
siguiente elogio: "Aun viviendo en el claustro, tomó tan de veras a su
cargo el ser colaboradora de los Misioneros, que, como en un derecho de adopción,
ofreció por ellos a su divino esposo Jesús, sus oraciones, las penitencias
voluntarias y de regla, y sobre todo, los agudos dolores que le ocasionaba su
penosa enfermedad."
Fue el clamor unánime de los Obispos y sacerdotes Misioneros que
reconocieron sensiblemente la protección de la santa sobre sus empresas apostólicas,
lo que movió al Papa a proclamarla como Patrona Misionera Universal. Justo era
que la Iglesia sancionara con esta solemne proclamación ritual, los vínculos
estrechísimos que con el apostolado misionero había mantenido la santa durante
su vida, y quiso seguir manteniendo después de su muerte.