Llevar a los niños a reflexionar en el contenido profundo de la oración del Ave María y su repetida recitación en el Rosario.
Queridos niños: hoy, el Papa Juan Pablo II nos explica la oración del Ave María. ¡Cuántas veces decimos y repetimos esta oración pero sin darnos cuenta del contenido profundo de eso que decimos! Seguramente, profundizando en el mensaje de hoy, a partir de hoy, todas las veces que recemos el Ave María, nuestro corazón repetirá con alegría lo que dicen nuestros labios.
¿He hecho el dibujo de lo que en la naturaleza he visto y que me gusta mucho y he dado gracias a Papá Dios? ¿He rezado cada día un misterio del Rosario por todos los niños que no conocen a Jesús y no saben rezar al Padre?
Querida Virgen María: Cuando nos dirigimos a ti con el Ave María, te decimos las mismas palabras con las que te saludó el ángel Gabriel y con las que te bendijo Isabel; decimos que el fruto que de ti nació es Jesús y te pedimos que ruegues por nosotros en este momento y en el último momento de nuestra vida en la tierra. Sabemos que siempre nos escuchas porque eres nuestra Madre y la Madre de Dios y nos amas sin medida. No dejes que se apague nunca la lamparita de nuestra fe y de nuestro entusiasmo misionero. Amén.
Lucas 1, 26-28. El sexto mes envió Dios al ángel Gabriel a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen prometida a un hombre llamado José, de la familia de David; la virgen se llamaba María. Entró el ángel adonde ella estaba y le dijo: -Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.
-¿Cuándo envió Dios al ángel Gabriel? -¿A qué lugar fue enviado el ángel? -¿A quién tenía que dar el ángel el mensaje de parte de Dios? -¿Con qué palabras se dirigió el ángel a María? -¿Qué palabras del Ave María son las que le dijo Isabel a María? El rezo del Ave María es la parte más extensa del Rosario y a la vez hace que este sea una oración mariana por excelencia. Pero precisamente a la luz del Ave María, bien entendida, es donde vemos con claridad que el carácter mariano no se opone al cristológico, sino que más bien lo resalta. En efecto, la primera parte del Ave María, tomada de las palabras dirigidas a María por el ángel Gabriel y por santa Isabel, es contemplación adorante del misterio que se realiza en la Virgen de Nazaret. Expresan, por así decir, la admiración del cielo y de la tierra (el ángel e Isabel) y, en cierto sentido, dejan entrever la complacencia de Dios mismo al ver su obra maestra –la encarnación del Hijo en el seno virginal de María-, comparativamente a la mirada de aprobación, de la cual habla el Libro del Génesis, (que Dios, al crear el universo contempló la obra de sus manos y vio que todo era bueno). Repetir en el Rosario el Ave María nos acerca a la complacencia de Dios: es júbilo, asombro, reconocimiento del milagro más grande de la historia. Es el cumplimiento de la profecía de María: <Desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada> El centro del Ave María, casi como lazo de unión entre la primera y la segunda parte, es el nombre de Jesús. A veces, en el rezo apresurado, no se nota este aspecto central y tampoco la relación con el misterio de Cristo que se está contemplando. La importancia que se da al nombre de Jesús y a su misterio es lo especial de esta recitación atenta del Rosario. Ya el Papa Pablo VI recordó en la Exhortación Apostólica Marialis cultus la costumbre, practicada en algunas regiones, de realzar el nombre de Cristo añadiéndole una cláusula evocadora del misterio que se está meditando. Es una costumbre apreciable, especialmente en la plegaria pública. Expresa con intensidad la fe cristológica, aplicada a los diversos momentos de la vida del Redentor. Repetir el nombre de Jesús –el único nombre del cual podemos esperar la salvación- junto con el de su Madre Santísima, y como dejando que Ella misma nos lo aconseje, es un modo de asimilación, que aspira a hacernos entrar cada vez más profundamente en la vida de Cristo. De la especial relación con Cristo, que hace de María la Madre de Dios, la Theotòkos, deriva, además, la fuerza de la súplica con la que nos dirigimos a Ella en la segunda parte de la oración, confiando a su materna intercesión nuestra vida y la hora de nuestra muerte.
El catequista entregará a los niños media hoja de papel en blanco, doblada, a manera de tarjeta para dibujar y pintar lo que expresan estas palabras: ¡ALéGRATE, MARíA!
Los niños de pie formarán un círculo. En medio, el catequista colocará una o varias cajas con diferentes objetos, por ejemplo: piedrecitas; trozos de papeles de colores; botones, cintas, palitos, lanas o hilos de colores; etc. (Y de cuanto pueda disponer). Les explicará que esos objetos son para hacer un regalo que acompañará la tarjeta que cada uno ha hecho y que, por lo tanto, deben observar y pensar qué quieren hacer. Los invitará a sentarse y ordenadamente cada uno irá al centro y tomará lo que necesite. Finalmente, cada uno con su regalo y con la tarjeta que ha dibujado, permanecerá de pie. Se entonará un canto a la Virgen y uno por uno, a los pies de la imagen de la cartelera pondrá su regalo y su tarjeta. Para finalizar, tomados de la mano recitarán el Ave María.
Rezar cada día un misterio del Rosario pidiendo por la paz en el mundo. Compartir la merienda con un compañero que no pueda llevar merienda a la escuela.
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