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No
siempre es bueno y hermoso lo que sucede en el mundo: siempre hay guerras, y niños
que mueren de hambre... Hay
gente realmente mala, y también hay personas que lo pasan verdaderamente mal. A
veces me cuesta creer que Dios es bueno. Entonces no tengo ganas de rezar y me pregunto si la oración
servirá para algo. Sin embargo, si pienso en Jesús, me doy perfecta cuenta de que él nunca dejó abandonados a los que padecían cualquier clase de sufrimiento. Y me acuerdo también de su larga oración en el huerto de los olivos, cuando todo se le había puesto tan difícil. Entonces creyó que era importante para él vivir aquellos terribles momentos en unión con su Padre. Fue
en la oración donde encontró fuerzas para hacer frente a los que le acusaban,
para mirar con amor a San Pedro, que le había negado, y para sufrir
valientemente su pasión y su muerte en la Cruz. Cuando
las cosas van mal, hay que saber reaccionar, reunir todas las fuerzas que uno
tiene para luchar contra el mal. Orar
es una forma de comenzar a reaccionar. La
oración nos da energías para vivir y para luchar, esa energía que el Espíritu
Santo da a la vida de los hombres. Los
que rezan encuentran luz y fuerza para vencer al mal en el mundo; y, aunque no
lo parezca, hay mucha gente que reza. Todos
los días, cuando rezo, puedo hablar con Dios de lo que no marcha bien, del
sufrimiento de los enfermos, de las crueldades, de las injusticias, Muchas
veces, esto me ayuda a pensar y descubro lo que yo puedo hacer para que las
cosas vayan un poco mejor. Tengo
derecho a contarle a mi Dios mi sufrimiento, tengo derecho a quejarme, tengo
derecho a llorar, tengo derecho a decirle a Dios que no quiero aceptar lo que me
sucede, cuando lo que me sucede es demasiado terrible, demasiado injusto. Es
una manera, como cualquier otra, de rezar. En
la Biblia se ve a muchas personas que rezaron así. En
esos momentos, Dios está muy cerca de mí, más cerca que nunca.
El comprende que yo me queje, que esté desanimado, que me rebele. Y me da un poco de su Espíritu para que yo sea un poco más fuerte, para que pueda seguir viviendo, para que no me quede con los brazos cruzados.
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