Texto y dibujos: Andreína Carradini

    Estaba yo acabando de nacer, estrenando la vida, pues, cuando le encargaron a mi padrino "un trabajito".  Los encargos de Dios no pueden esperar, así que nos fuimos de inmediato a cumplir nuestra MISIóN.

 

    En aquella época había reyes con castillos.  Mi padrino sabía mucho de esto porque él había nacido en uno grandísimo, que estaba rodeado de muchos kilómetros de tierras de su propiedad.  Había también en esa época, príncipes, princesas y caballos; lo que no habla era ni teléfono ni carro.  Para mandar cualquier recadito había que enviar algún mensajero o ir personalmente.

 

    El rey de Castilla -España- quería casar a su hijo con una princesa que vivía en Las Marcas y escogió como mensajero, para pedir la mano de la muchacha, a Diego, que era el obispo de Osma; y era muy santo.  Este obispo era compinche de mi padrino Domingo y le pidió que lo acompañara.  Así nos fuimos cargados de regalos que enviaba el rey para convencer a la princesa de que aceptara casarse.  Yo no entendía nada. ¿Para qué me llevaba mi padrino a buscar una novia?  Yo estaba muy pequeño para eso, pero él había prometido no separarse nunca de mí.  Me imaginé que me llevaba como "Cupido" porque aquella joven no debía estar muy contenta de casarse con un desconocido, por muy hijo de rey que fuera.

    Los caminos que recorrimos eran larguísimos y los pobres caballos estaban más cansados que nosotros; así que nos paramos en la primera posada del camino, que por cierto no se parecía en nada a un hotel cinco estrellas de los de ahorita.  Enseguida nos encontramos al dueño del negocio que era un hereje.

 

    Eso de hereje me sonó a mí como a apellido, igual que López o Pérez, hasta que me di cuenta del asunto... ¡HABIA COMENZADO NUESTRA MISIóN!  El tipo decía barbaridades de Dios y de la Virgen.  ¡Increíble!

 

    Para mí, que no había entendido para nada el Evangelio.  Ese pobre hombre estaba más enredado que un kilo de estopa; totalmente equivocado y llenito hasta las orejas de pecados.

 

    ¡Qué trabajo nos dió este individuo!  Pasamos toda la noche sin dormir explicándole los misterios de nuestra fe, ROSARIO EN MANO, misterio tras misterio, dale que te dale, con la fuerza de la VERDAD... ¡Misericordia de Dios!... ¡Se convirtió el hereje! ¡Epa padrino: ganamos uno para nuestro equipo!  Fiesta en el cielo.  Misión cumplida, le dije yo, súper feliz.

 

    Esto fue empezandito y... ¡Ah! se me olvidaba; al llegar a las Marcas, también convencimos a la princesa para la boda y regresamos con la buena noticia para el rey Este viaje nos dejó marcados para siempre.

 

    El rey se contentó tanto que nos mandó otra vez a buscar a la fulana princesa, pero ahora con más regalos que antes; debíamos traerla para el matrimonio.  Nos pusimos en marcha sin casi ningún contratiempo, pero cuando llegamos; ¡Ay amigos! ¡Qué horror! la princesa había muerto, yo no sé de qué, lo cierto es que ya no habría boda.  No quería ni pensar en la cara de¡ rey cuando se enterara.

 

    El regreso a casa prometía ser un desastre; nos encontramos en aquella región, herejes por montón que se la echaban de "santos" y tenían engañado a un gentío.  Si el primer hereje me pareció difícil, esto parecía "misión imposible".  Esos tipos tenían cara de lobos, o mejor dicho, de cochinos rabiosos; unos propios malandros dispuestos a todo lo malo.  Mi padrino me miró y se sonrió-, el conocía muy bién mi fuerza y mi poder.  Esto me lo mandó Papá Dios, dije yo, así que; ¡Rosarín... en acción!

 

    Sudamos la gota gorda.  Había demasiado trabajo.  Empezamos por devolverle a su dueño, los caballos y todos los demás corotos y pusimos manos a la obra, ya sin estorbos y a pie, caminandito para pararnos en todas partes y predicar con palabras y obras la fe de Cristo.

 

    La pasamos bien mal cuando los herejes se dieron cuenta de que mi padrino Domingo era santo, y empezaron con la envidia; lo insultaban; hasta llegaron a escupirlo y lanzarle lodo y otro poco de cochinadas.  El colmo fue que quisieron matarlo.

 

    Imagínense que un día prepararon una emboscada en un camino por donde sabían que pasaríamos; lo tenían todo preparado.  Sospeché que había algo raro y se lo dije a mi padrino.  Cargamos nuestras pilas con bastante confianza en Dios y entonces seguimos caminando tranquilazos, sin miedo de nada y mi padrino se puso a cantar; lo hacía muy bien. los malandros que estaban escondidos detrás de los árboles se descontrolaron al ver tanto valor, él les dijo que si querían matarlo que lo picaran en pedacitos... ¡Casi nos raspan!  No sabían que el rosario es invencible,- que la oración da "súper fuerza" y la fe es nuestra arma poderosa.

 

    Por donde pasábamos, se convertían cantidades de hombres y de mujeres.  Mi padrino siempre con su santa paciencia y su caridad con los pecadores, que en definitiva es puro amor, me enredó en esta aventura; el estaba dispuesto a dar su vida por la conversión de estos malandros. me recordaba tanto a Jesús... Por algo mi mamá lo había escogido como padrino para mí.

 

    Fue un buen comienzo-, empecé a crecer rapidísimo y a ganar más amigos cada día.  Yo había descubierto que tengo el poder de¡ cielo y nadie me destruirá nunca; que seré siempre compañero inseparable de los misioneros, y otra cosa también: nunca estaré desempleado, eso sí, tendré que trabajar horas extra cada día. mi amigo Juan Pablo ll, el Papa, me lo dijo así: "La Misión de Cristo Redentor está todavía en sus comienzos".

 

 

Hay un gentío por convertir, y a mi, mis

amigos: ¡Me fascina la Misión!