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Estoy aprendiendo a rezar. Ya sé que a Dios no se le puede pedir cualquier cosa, pero
siempre tengo muchas ganas de pedirle un montón de cosas que son bien
importantes.
Le pido que a mi mamá se le quite el dolor del pie, que mi vecino vaya a misa,
que mi hermano y yo no discutamos por todo, que no llueva el domingo para irme
de excursión, que seamos misioneros, que no haya guerras ni malandros, que no
muera la gente de hambre, que no maten a los niños... En la misa y la catequesis rezamos para que haya paz en el mundo; y siempre hay guerras. Todo el tiempo que mi tía estuvo en el hospital me la pasé rezando para que se curara, y sin embargo, murió y mis primos están muy tristes. ¿Qué pasa con mi oración ?
Rosarín contesta:
Dios sí atiende nuestras oraciones y
todas las que le llegan, hasta del último rinconcito del mundo.
Jesús lo dice y le creemos. Pero Dios tiene su manera especial de responder. A menudo parece que no nos da las cosas que le pedimos con tanta fuerza y que son tan importantes, pero Dios nos da lo que casi nunca se nos ocurre pedirle.
¡Nos da el Espíritu Santo!
Y al darnos su Espíritu Santo, se nos
entrega a sí mismo. No puede
darnos nada mejor.
El Espíritu Santo no se dedica a
hacer que cambie el tiempo, ni a ir contra el curso natural de una enfermedad.
Tampoco transforma nuestro carácter con
un golpe de varita mágica
Pero el Espíritu Santo puede darnos
un poco de la bondad de Jesús, de su fuerza, de su amor a la gente.
Y todo eso puede 'hacer que cambie nuestra vida.
Si
recibo al Espíritu Santo que Dios me da como respuesta a mi oración, entonces
mamá se olvidará de vez en cuando de su dolor; yo estaré de buen humor aunque
llueva el domingo;
podré consolar a mis
primos
y comprenderé mejor las cosas buenas que hay en mi vecino... Sí merece la pena pedir a Dios todo lo que es importante para todos nosotros. Es la mejor manera de pedirle su Espíritu Santo.
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