Asia

 

En el quinto misterio, con la decena amarilla, hacemos oración por el continente asiático.

En ese inmenso continente viven más de la mitad de los habitantes del mundo.

Asia es también el continente que encierra en sí las más grandes y antiguas culturas, como es el caso de China, India, Japón.

En este continente han nacido los más grandes y famosos fundadores de movimientos religiosos: Confucio en China, Buda en India, Mahoma en Arabia, Abraham en Mesopotamia. El mismo Jesucristo nació en ese continente, pues Palestina es parte de Asia Occidental. No es de admirarse por lo tanto que los pueblos y culturas de este continente estén empapados de un profundo sentido religioso.

Entre los misioneros que han venido a anunciar el Evangelio en estas tierras podemos citar: santo Tomás, san Bartolomé y san Francisco Javier. Pero a pesar de los esfuerzos realizados por estos misioneros y por tantos otros que llegaron después de ellos, Asia cuenta sólo con un 3% de cristianos, de los cuales más de la mitad se encuentran en Filipinas. El Papa Juan Pablo II está consciente de esta situación y manifiesta que se deberían enviar nuevas fuerzas a este continente: «En el continente asiático, en particular hacia el que debería orientarse principalmente la misión ad gentes, los cristianos son una pequeña minoría, por más que a veces se den movimientos significativos de conversión y modos ejemplares de presencia cristiana».

Anunciar el Evangelio a los pueblos asiáticos que tienen profundas tradiciones religiosas y costumbres sociales, no es sencillo.  Ellos tienen un concepto de divinidad que no les permite aceptar fácilmente el mensaje cristiano que predica al Hijo de Dios que se humilla tomando naturaleza humana, y muriendo en una cruz para redimir el mundo.

En algunas regiones la actividad misionera se encuentra paralizada por las persecuciones y en otras encuentra serias dificultades debido a las condiciones políticas.

Además algunos de estos pueblos tienen expectativas que no reciben una respuesta inmediata a través del anuncio de la Buena Nueva. Por ejemplo: los hindúes y los budistas esperan sabiduría; los chinos esperan una solución a sus problemas económicos y de explosión demográfica; los japoneses esperan caminos nuevos para su avance industrial y económico; los musulmanes esperan una moral fácil y estructuras socio-religiosas férreas... y los misioneros llegan a ellos predicando a un Salvador pobre, humilde y humillado, crucificado.

Pidamos, por intercesión de María, para que los misioneros sepan revelar, con las palabras y el testimonio de su vida, a los pueblos tan religiosos y contemplativos de Asia, a un Dios divino y humano a la vez, lejano y vecino, capaz de satisfacer las más grandes aspiraciones religiosas y abrir a los asiáticos el camino que los lleva a la aceptación del Evangelio.

 

Virgen lnmaculada:
permite que yo repita,
como eco de la voz de/ ángel,
las palabras que resonaron
en tu casita,
cuando sobre la humanidad
llegó tu día,
el día cuyo místico nombre
es Ave María.
 
Con el Ave María comenzó
una nueva época.
Con el Ave María llegó para la humanidad
la aurora de la gracia.
Con el Ave María comenzó
tu reino, oh Virgen bendita.

ángelo Agius

 

En el quinto misterio gozoso contemplamos a Jesús adolescente de 12 años que subió al templo con sus padres.

«Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. Cuando tuvo 12 años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres».  Al no encontrarlo en la caravana, María y José se volvieron a Jerusalén en su busca. «Y sucedió que al cabo de tres días, lo encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles; todos los que le oían estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas» (Lc 2,41-43. 46-47).

Juan Diego fue a la casa del obispo Zumárraga para contarle todo lo que había «visto, admirado y oído» cumpliendo de esta manera la voluntad de la Virgen.

Como los maestros del templo de Jerusalén, al oír las preguntas y respuestas de ese muchachillo de 12 años, «estaban estupefactos por su inteligencia» así le pasa al obispo, el cual, ante la insistencia de Juan Diego, llevado en parte por la incredulidad y en parte por la prudencia, le pidió que le trajera una señal para poder creer que era realmente la madre de Dios la que se le aparecía.  La Santísima Virgen le dijo a Juan Diego que subiera a la parte alta de la montaña y que recogiera las rosas que encontraría para llevarlas como señal. Así lo hizo y cuando abrió su tilma delante del obispo, cayeron las rosas y apareció la imagen de la madre de Dios pintada sobre el rústico tejido de la tilma.

Los grandes pueblos de Asia en su prudencia y sabiduría humanos quieren señales extraordinarias que acrediten el mensaje evangélico proclamado por los misioneros. Por otra parte ellos son muy respetuosos y amantes de la naturaleza. Pidamos para que la madre del verdadero Dios interceda mucha sabiduría a los mensajeros de su Evangelio en Asia. Y en la belleza y armonía encuentren caminos que de esas hermosuras y a Aquel que Dios nos envió como único salvador.

 

 

Misterio de luz es, por fin, la institución de la Eucaristía, en la cual Cristo se hace alimento con su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino, dando testimonio de su amor por la humanidad « hasta el extremo « (Jn 3, 1) y por cuya salvación se ofrecerá en sacrificio.

 

 

En el quinto misterio doloroso contemplamos la crucifixión y muerte de Jesús.

«Tomaron a Jesús, y él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario... y allí le crucificaron» (Jn 19,17-18).

«Así mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de DIOS» (1 Co 1,22-24).

 Poquísimas palabras para describir el crimen más grave y la muerte más injusta acaecida en el mundo, y al mismo tiempo el acto de amor más grande con que Dios ha amado a la humanidad: «El (Dios-Padre) no perdonó a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros» (Rm 8,32).

Cuando llegaron los primeros misioneros a México y empezaron a predicar el gran misterio deL Hilo de Dios hecho hombre y muerto en una cruz, los habitantes de esas tierras quienes tenían un gran concepto de la trascendencia del ser divino se quedaban no sólo indiferentes, sino incluso escandalizados. Resultaba incomprensible para su mentalidad y cultura admitir ese misterio de acercamiento de Dios al hombre y esa humillación de la divinidad hasta la muerte del Hijo de Dios en la cruz.  Eran, pues, muy pocos los que aceptaban ser cristianos.

Cuando llegó Santa María de Guadalupe se acercó al indio Juan Diego, hablando su idioma y tratándolo con sencillez y cariño. De esta manera, aún revelándose como «la madre del verdadero Dios, del creador, del señor del cielo y la tierra», le hizo comprender que el «Dios grande y lejano», en realidad se había hecho tan pequeño que entró en su seno; y que estaba tan cerca de su pueblo que les había enviado a su propia madre para quedarse con ellos. La llegada de María en el Tepeyac, abrió los corazones del pueblo indígena a la aceptación del Cristo crucificado y allanó el camino a la obra evangelizadora de los misioneros.  

Pidamos a la Santísima Virgen María que repita esas maravillas entre los pueblos de Asia, para que ellos también se abran a la gracia de la salvación que brota de la cruz donde está clavado el Hijo de Dios, único y verdadero redentor de la humanidad.

 

En el quinto misterio glorioso contemplamos la coronación de la Santísima Virgen como reina de cielo y tierra.

«Apareció en el cielo una señal grandiosa: una mujer, vestida del sol, con la luna bajo los pies y en su cabeza una corona de doce estrellas» (Ap 12,1).

El Vaticano II afirma: «La Virgen lnmaculada... fue asunta a la gloria celestial y enaltecida por el Señor como reina del universo, para que se asemejara más plenamente a su Hijo, vencedor del pecado y de la muerte». 

Es hermoso para Jesús contemplar la belleza y la gloria de su madre. Pero es extasiante también para nosotros contemplar la belleza y la gloria de María reina de cielo y tierra, y saber que es también nuestra madre celestial.

En la narración de la primera aparición de la madre de Dios a Juan Diego (9 de diciembre de 1531) Leemos lo siguiente: «Al llegar Juan Diego junto al cerrillo llamado Tepeyac amanecía, y oyó cantar arriba del cerrillo: semejaba canto de varios pájaros preciosos, y parecía que el monte respondía... Estaba viendo hacia el oriente, arriba del cerrillo, y así que cesó repentinamente y se hizo el silencio, oyó que le llamaban y le decían: "Juanito, Juan Dieguito..." Cuando llegó a la cumbre, vio a una señora que estaba allí de pie y que le dijo que se acercara.  Su vestidura era radiante como el sol; el risco en que posaba su planta flechado por los resplandores, semejaba una ajorca de piedras preciosas, y relumbraba la tierra como el arco iris. Los mezquites, nopales y otras diferentes hierbecillas parecían de esmeralda» (1a. aparición).

La armonía, la luz y la belleza de la creación anunciaban y celebraban la presencia de la reina, la madre del verdadero Dios.

La Santísima Virgen María, reina del cielo y de la tierra, consiga con su intercesión que también para nuestros hermanos de Asia llegue el Reino de Dios y que todos ellos formen un día con nosotros el pueblo de la nueva y eterna alianza, sellada nuestro redentor en la sangre del Cordero, Cristo nuestro redentor.