América

En este misterio del rosario con la decena roja,
 pedimos por América

Continente que presenta un verdadero mosaico de situaciones geográficas y humanas.  Continente en el que existe la opulencia y la extrema pobreza; tecnología de la más avanzada y vida casi primitiva; superproducción y hambre, etc.

Continente con profundas diferencias incluso desde el punto de vista religioso: al norte la mayoría es protestante en cambio al sur, Latinoamérica es casi totalmente católica.

Pero tanto al norte como al sur se encuentran grandes regiones donde hacen falta misioneros que lleven el primer anuncio

«Con la llegada del Evangelio a América se ensancha la historia de la salvación, crece la familia de Dios... En los pueblos de América, Dios se ha escogido a un pueblo, lo ha incorporado a su designio redentor».  Así se expresa el Papa Juan Pablo II en Santo Domingo el 12 de octubre de 1992, celebrando los quinientos años de presencia cristiana en América.

En el mismo discurso el Santo Padre afirmaba también: «Damos gracias a Dios porque en América latina el don de la fe católica ha penetrado en lo más hondo de sus gentes, conformando en estos quinientos años el alma cristiana del continente».

En la evangelización de América, cabe anotar que luego de la primera fase de rechazo de las culturas indígenas y cierta imposición de la fe cristiana, se realizó una inculturización de la fe, que produjo la superación de los muros de división y de odios raciales, un intenso «mestizaje» del que nació el pueblo latinoamericano.  El símbolo más perfecto de este encuentro es el acontecimiento de Guadalupe, que tuvo como protagonista al indio Juan Diego, verdadero acto de nacimiento y sello de esta alianza.

Han pasado más de quinientos años de la llegada del Evangelio a nuestro continente y no obstante la mayoría católica se detectan síntomas y fenómenos de desorientación en el campo de la fe, proliferación de sectas, avance del materialismo, etc., que hacen urgente una nueva y más profunda evangelización a todos los niveles.

Para combatir estos síntomas es necesario que cada cristiano se comprometa a dar testimonio de su fe cristiana en primer lugar viviendo más a fondo su vida de bautizado, es decir, según las enseñanzas y los ejemplos de Jesús y de los Apóstoles; colaborando a la construcción de una patria común en este continente, dejando a un lado todo racismo y luchando solamente por la fraternidad con todos los pueblos indígenas, negros, blancos, mestizos, etc.

 

En segundo lugar, comunicando la fe a aquellos que aún no la poseen en modo pleno.  Estando dispuesto a ir a compartir esta fe a continentes más necesitados, si el Señor os lo pide.  Es cierto que aún necesitarnos sacerdotes, misioneros y religiosos para extender y profundizar nuestra propia evangelización, pero debemos dar de nuestra pobreza» convencidos que «la fe se fortalece dándolo».

 

ˇOh Virgen fiel,

que fuiste siempre solícita y dispuesta a recibir, conservar y meditar

la palabra de Dios!,

haz que también nosotros,

en medio de las dramáticas vicisitudes de la historia,

sepamos mantener siempre intacta nuestra fe cristiana,

tesoro precioso transmitidos por nuestros padres.

Juan Pablo II

 

En el segundo misterio gozoso contemplamos la visita de María a su prima lsabel y la santificación del precursor Juan Bautista en el seno de su madre.

En la anunciación el ángel había dicho a Maria: «Isabel, tu pariente, ha concebido a un hijo en su vejez, y éste es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril» (Lc, 36).

María deja deprisa el recogimiento de Nazareth y va a visitar a su pariente, llevando la generosa ayuda de su caridad, pero sobre todo llevando a Jesús y comunicando a Isabel, al esposo Zacarías y al niño Juan, aún antes de nacer, las gracias de la salvación.

Al iniciar la historia de la salvación en nuestro continente americano, María nos visitó.  Su visita trajo a nuestros pueblos su presencia maternal llena de ternura.  La Virgen de Guadalupe se presenta a Juan Diego, en primer lugar como la madre de Dios, y lo hace sirviéndose de los conceptos de la teología náhuatl: es la madre de Ometeotl, el único y verdadero Dios.  En segundo lugar se presenta como nuestra madre y le dice: «Deseo vivamente que se me erija aquí un templo para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa madre» (1a aparición).

Pero, lo más importante es que su visita nos trajo a Jesús: en efecto la imagen que ella dejó grabada en la tilma de Juan Diego muestra a una mujer encinta: es la Virgen de la visitación, la misma que, estando encinta llegó a la casa de Isabel y comunicó el primer anuncio de la redención.

En este misterio queremos pedir para que Santa María de Guadalupe siga visitando nuestros pueblos de América para socorrer nuestras necesidades; pero sobre todo para traernos a su hilo Jesús que es camino, verdad y vida.

 

Misterio de luz es el comienzo de los signos en Caná (cf.  Jn 2, 1-12), cuando Cristo, transformando el agua en vino, abre el corazón de los discípulos a la fe gracias a la intervención de María, la primera creyente.

 

En el segundo misterio doloroso contemplamos la flagelación de Jesús. «Cada fiesta, el procurador solía conceder al pueblo la libertad de un preso, el que quisieran.  Tenían a la sazón un preso famoso, llamado Barrabás.  Y cuando ellos estaban reunidos, les dijo Pilato: "żA quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, el llamado Cristo?", pues sabía que le habían entregado por envidia... Respondieron: ˇA Barrabás!'.  Díseles Pilato: "żY qué voy a hacer con Jesús, el llamado Cristo?".  Y todos a una: "ˇSea crucificado!"... Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarle, se lo entregó para que fuera crucificado» (Mt 27,1 5-18. 21-22. 26).

Jesús afrontó la humillación y el sufrimiento de la flagelación para reparar los tantos y graves delitos que se cometen contra la dignidad de las personas.

La Virgen María vino a nosotros, con sus apariciones en el Tepeyac, cuando la mano pesada de los conquistadores azotaba y humillaba la dignidad de nuestros antepasados.  Los trataban como esclavos, los maltrataban con azotes, los asustaban y mataban con sus armas, y se servían de ellos únicamente para sus intereses ya sea en los trabajos pesados de las minas, ya sea para labrar los campos de sus inmensas posesiones.

 

La «Madre del verdadero Dios por quien se vive» quiso que se le erigiera un templo en medio de nosotros para «en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa... Para oír allí sus lamentos, y remediar todas sus miserias, penas y dolores» (1a aparición).  El mensaje de María de Guadalupe es una «buena noticia» de amor y consolación, pero también de rehabilitación y redignificación de un pueblo humillado, oprimido y marginado.

En este misterio pidamos que Santa María de Guadalupe nos alcance de su Hijo la gracia de ser solidarios con nuestros hermanos indígenas que, marginados en las sierras o en las ciudades, luchan todavía hoy, como Juan Diego por la vida, por la tierra, por su dignidad y por la justicia.

 

En el segundo misterio glorioso contemplamos el mandato misionero de Jesús a los Apóstoles y la ascensión al cielo del Señor.  

«Estando sus discípulos reunidos, Jesús les dijo: "Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación.  El que crea y se bautice se salvará...” Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios.

Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que le acompañaban» (Mc 16,15.19-20).

Jesús ha terminado su misión sobre la tierra.  Ahora les toca a sus discípulos continuar y completar la obra de la salvación.  Y es obedeciendo a este mandato del Señor que los misioneros llegaron a nuestro continente a traernos la riqueza de la fe cristiana.

La Santísima Virgen de Guadalupe con cariño maternal muestra a Juan Diego sus posibilidades, sus cualidades, le hace recuperar su dignidad y su valor, y le hace aceptar como propio un papel que ha de cumplir con esmero, ser su embajador: «Ve allá al palacio del obispo de México, y le dirás que yo te envío como mi mensajero».

El vidente del Tepeyac no se contentó con llevar el mensaje de la Madre de Dios al señor obispo, sino que se transformó en un verdadero apóstol.  Una vez construida e inaugurada la ermita en el lugar de las apariciones, Juan Diego se quedó encargado de la casa de oración.  Allí él daba a conocer a los visitantes y peregrinos que venían los acontecimientos del mes de diciembre de 1531. Además enseñaba a todos las verdades de la fe cristiana y los mandamientos de la ley de Dios, con su palabra, con sus oraciones y sobre todo con su testimonio de vida.  él fue el primer catequista indígena de América Latina.

En este misterio pidamos por la intercesión de María de Guadalupe y de su mensajero, el beato Juan Diego, que el señor llame a muchos jóvenes de nuestro continente americano y los envíe por el mundo entero a anunciar la Buena Nueva.

 

 

REGRESAR