1. Devoción mariana y sus formas.
Las Cofradías y las Congregaciones marianas han sido, y lo son en la actualidad, formas particulares que canalizan el culto a la Virgen María. Este culto, excelente y singular, por la singularidad y la excelencia de la Madre de Dios, reconocido por la Iglesia y por el Magisterio de los Papas como utilísimo y sumamente eficiente para la renovación espiritual de las personas, reviste muchas modalidades y puede ser practicado bajo muy diversos aspectos.
Podemos tributar a la Virgen María, lo mismo que a Jesucristo ya los Santos, un culto individual-personal, o público y colectivo; un culto oficial y litúrgico, o meramente espontáneo y no regulado por las normas litúrgicas de la Iglesia: Tales distinciones no tienen grande importancia, siempre que se profese una verdadera devoción a Nuestra Señora y se la tribute un culto auténtico.
La verdadera devoción, lo mismo que los actos de culto, como nos enseña el Concilio Vaticano II en la Const. Lumen gentium, debe proceder de la fe verdadera, vivificada por el amor. Por esa fe somos movidos a reconocer las excelencias de la Madre
de Dios ya la imitación de sus virtudes (LG 67) .
Lo mismo que se dice de la devoción podemos decir del culto a la Virgen María. Existe un culto de veneración, expresado por actos de amor y de reverencia, que se ordenan a reconocer la singularidad de la Virgen María, como Madre de Dios. Existe también un culto de alabanza, que se expresa por todos aquellos actos que cantan la excelencia de
la Madre de Dios y reconocen y exaltan su intercesión y sus cuidados maternales en favor de los hombres. Existe un culto de imitación, que se tributa a la Virgen María, por sus hijos fieles, con el deseo y la intención de imitar sus virtudes y reflejar en su vida espiritual aquellas actitudes sobrenaturales, mediante las cuales la Virgen María vivió espiritualmente unida al Señor y colaboró ala salvación de los hombres. Existe finalmente un culto de invocación, que se expresa con actos, mediante los cuales suplicamos el favor maternal de nuestra Madre del cielo en favor de la Iglesia y de cada uno de los fieles.
2. Vitalidad de la piedad mariana.
Todos estos aspectos del culto han florecido en la Iglesia a lo largo de los siglos, a pesar de La lucha y de la oposición de sus impugnadores. Los Romanos Pontífices, particularmente desde la Edad Media, han exhortado a los fieles a mantener, vivificar y potenciar este culto, preservándolo de desviaciones. En particular, después de la definición
dogmática de la Inmaculada Concepción de la Virgen María (1854), ha tenido lugar en la Iglesia un notable florecimiento del verdadero culto a la Virgen María y de la devoción mariana. Este culto se ha acentuado felizmente en nuestros días, gracias más que nada a la enseñanza del Concilio Vaticano II y del Papa Pablo VI. En su Exhortación Apostólica Marialis cultus (1974) el Papa ha establecido las líneas maestras para la renovación y actualización del culto mariano, invitando a todos los fieles a mantener y potenciar esta actitud devocional de la Iglesia.
El mismo Pablo VI había reconocido y afirmado en la primera de sus grandes Cartas Encíclicas: Ecclesiam suam (1964), que el culto mariano estaba felizmente floreciente en la Iglesia, lo cual era un signo de vitalidad espiritual y de esperanza. «La piedad de la Iglesia hacia la Santísima Virgen es un elemento intrínseco del culto cristiano (MC 56). Por eso progresa, se desarrolla y se renueva a medida que se renueva y florece la vida de la misma Iglesia, cuya manifestación más fuerte fue la celebración del Concilio Vaticano II.
La Iglesia vive hoy una auténtica era mariana, usando una frase del Papa Juan XXIII. Nunca en verdad la fe de la Iglesia y la devoción de los fieles ha contado con fundamentos tan claros y con exhortaciones tan reiteradas del Magisterio de la Iglesia a vivir la auténtica vida y devoción mariana.
Nunca como ahora se ha clarificado el papel y la función que la Virgen María ha cumplido en la historia de nuestra salvación, descrita así por el Concilio Vaticano II en este texto lleno de contenido:
«La Santísima Virgen, predestinada desde toda la eternidad como Madre de Dios juntamente con la Encarnación del Verbo, por disposición de la divina Providencia, fue en la tierra la Madre excelsa del divino Redentor, compañera singularmente generosa entre todas las demás criaturas y humilde esclava del Señor.
Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó de forma enteramente singular a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la encendida caridad, a fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra Madre en el orden de la gracia» (LG 61).
Esta era de María se caracteriza en primer lugar por la enseñanza auténtica del Magisterio Eclesiástico sobre las excelencias y la significación de la, Virgen María en el misterio de Cristo y de la Iglesia; también por la sólida doctrina de los teólogos, siguiendo la línea de la Tradición viva de la Iglesia y la enseñanza del Magisterio. Finalmente, por el culto y la devoción de los fieles, que brota de la fe ilustrada, animada por el amor.
Todo esto podemos decir equivale a una presencia misteriosa y actuante de María en la Iglesia de hoy, necesitada más que nunca de la protección de nuestra Madre, que es Madre de la Iglesia, como lo declaró el Papa Pablo VI (1964). La Iglesia es testigo de esta acción maternal de María. El culto que la tributa es una expresión de esta experiencia y de esa acción maternal al mismo tiempo.
El Vaticano II ha podido decir con toda razón, para consuelo de los fieles, y para animarlos a mantener la piedad mariana. «La Iglesia no duda en confesar esta función subordinada de María; la experimenta continuamente y la recomienda a la piedad de los fieles, para que apoyados en esta protección maternal se unan con mayor intimidad al Mediador y Salvador» (LG 63). Es el testimonio de la presencia y acción radiante de María en la Iglesia de hoy.
3. Expresiones de la piedad mariana en las diversas épocas.
A lo largo de los siglos, el culto y la piedad mariana se han expresado de muy diversas formas. La mención que la liturgia de la Iglesia hace de la Virgen María en los actos principales del culto, como son la Eucaristía y el Oficio canónico; la recitación frecuente del Ave-María y de la Salve Regina -oraciones marianas por excelencia-; la devoción a las tres Ave-Marías; la recitación del Angelus una o tres veces en el día; el rezo de las letanías lauretanas, del Rosario y de la Corona de los siete Dolores, así como otras prácticas similares son otras tantas manifestaciones del culto a Nuestra Señora.
Esta variedad de formas de culto manifiesta la riqueza de inspiración de la Iglesia, asistida por el Espíritu Santo. Ella ha creado en cada época aquellas formas más conformes con el signo de los tiempos y con las condiciones de vida y costumbres de los hombres.
Aparte de las formas citadas, expresión del culto mariano tradicional en la Iglesia, han existido y existen otras muchas manifestaciones, reconocidas y aprobadas por la Autoridad Eclesiástica. El sábado de cada semana centra la atención de los devotos de la Virgen María, que la tributan así un culto semanal. También se consagra especialmente a la
Virgen María, particularmente por influencia de San Juan Eudes, el primer sábado de mes, que tiene un sentido de reparación. Cada año hay un mes dedicado a honrar y venerar a Nuestra Señora: el mes de mayo entre los latinos, y el mes de agosto, dentro del cual se celebra la fiesta de la Asunción de Nuestra Señora, entre los griegos.
Muchas fiestas marianas, a lo largo del año litúrgico, así como la recitación generalizada de algunas oraciones muy difundidas, como: Bajo tu amparo nos acogemos..., o Acordaos, Virgen piadosa, y el culto que se tributa a la Virgen María periódicamente en santuarios nacionales, regionales, o en ermitas ayudan a mantener viva la devoción Mariana ya estimular a los fieles a la verdadera imitación de María. A ello han contribuido igualmente las Ordenes y Congregaciones de carácter mariano: como los Siervos de María, los Carmelitas, los Mercedarios, los Montfortinos, y otros que trabajan de manera especial ya nivel institucional en la difusión de la piedad mariana. Han contribuido también a esta tarea los demás Institutos de la Iglesia, cuyos miembros profesan un amor especial a la Madre de Dios y Madre nuestra.
4. Las cofradías: su amplitud y su significación.
1. Entre los medios más eficaces, que han contribuido a mantener ya potenciar la piedad y el culto a la Virgen María a lo largo de los siglos, hay que citar las cofradías, de manera especial las que tienen carácter mariano. Las cofradías son instituciones, que recogen el espíritu de la religiosidad popular, de la religión del pueblo sencillo, que ama a la Iglesia y siente con ella. Por eso, puede decirse que son los cauces más adecuados y más aptos para transmitir la piedad y la devoción, y para mantenerla viva en la Iglesia.
Las cofradías son verdaderas sociedades espirituales en pequeño, encaminadas no sólo al ejercicio o la práctica de obras buenas y de acciones caritativas; sino orientadas también al culto religioso; bien sea el culto tributado a Dios ya Jesucristo, bien a la Virgen María ya los Santos.
Hay cofradías que tienen como titular el misterio de la Trinidad. La mayor parte de ellas responden a los misterios de la vida de Jesús: los misterios de la Infancia, y sobre todo los misterios de la Pasión y Resurrección: El Cristo de la Buena muerte, El Cristo del Perdón...
2. En el amplio y florido campo de las cofradías, destacan y sobresalen las cofradías marianas, tanto por su antigüedad, como por sus mismas características. Están extendidas por todo el mundo. No hay iglesia, en la que se practique el culto cristiano renovado y de forma vital, que no cuente con alguna cofradía mariana.
Las cofradías marianas nacieron en Oriente, fuente de la piedad mariana en la Iglesia, probablemente en el siglo V. A esa época se remonta la llamada cofradía de Santa María la Nueva de Jerusalén, que se dice fue fundada por el Patriarca San Ellas, hacia el año 494. En Occidente, las primeras cofradías marianas, de las que se tiene noticia, se remontan al siglo XII, alcanzando un notable desarrollo y florecimiento a partir del s. XIII.
Se conoce la existencia en este siglo de cofradías marianas en París, y en Florencia, donde se cuentan cinco cofradías dedicadas al culto de la Virgen.
A partir del siglo XV tomaron gran auge las cofradías marianas, promovidas principalmente por los Dominicos, los Carmelitas y los Siervos de María. El Beato Humberto de Romans, Maestro General de los Dominicos, decía que en algunas naciones, principalmente en Italia, se erigían de cuando en cuando algunas congregaciones o cofradías en honor de la Virgen María o de algún Santo; lo cual reportaba mucho provecho espiritual para la Iglesia.
Desde esta época, raro era el monasterio, o santuario dedicado a la Virgen que no contase con su correspondiente cofradía. Los fieles inscritos en ella se comprometían a la observancia de ciertas prácticas de devoción mariana, así como al ejercicio de la caridad y ayuda a los necesitados. Entre las prácticas de devoción han ocupado siempre un lugar destacado la recepción del sacramento de la penitencia y la participación en la Eucaristía; y esto en toda la historia de las cofradías. De esta suerte, los fieles agregados a una cofradía se renovaban en la vida cristiana, se dedicaban al ejercicio de obras de caridad; ya imitación de la Virgen María, crecían en virtud y en santidad, cumpliendo fielmente la voluntad divina.
3. No es este el lugar de hacer una enumeración de las cofradías marianas. Son innumerables. Muchas toman el nombre del Santuario, o de la iglesia donde están establecidas, o de la advocación de la imagen de la Virgen María, que toman como patrona.
Estas podemos decir, son cofradías particulares y como locales. Pero, hay cofradías de carácter más universal en la Iglesia, entre las que podemos citar: la del Rosario; la de la Virgen del Carmen; la de los Dolores; la del Inmaculado Corazón de María; la de la Consolata; la de Nuestra Señora del Santísimo Sacramento; la del Perpetuo Socorro; la de María Auxiliadora; la de las «Tres Avemarías»; la del Escapulario azul; Nuestra Señora de Fátima; Nuestra Señora de Lourdes..., etc.
Las cofradías marianas han recibido siempre un reconocimiento especial por parte del Magisterio de la Iglesia. El Papa Benedicto XIV llamó a las congregaciones y cofradías dedicadas a promover el culto a la Virgen María «instituciones de sólida piedad, en las cuales se promueve la vida cristiana y se favorece la salvación de las almas».
Lo mismo han hecho los demás Romanos Pontífices, en particular los de la época más reciente y los de nuestros días: Pío XII, Juan XXIII, Pablo VI y el actual Papa Juan Pablo II. Por eso han concedido gracias y privilegios especiales a las cofradías marianas, exhortando frecuentemente a los fieles a pertenecer a ellas. No cabe duda que es ese un medio eficacísimo de renovación espiritual para la Iglesia.
5. Conclusión.
La Iglesia ha reconocido, por boca del Papa Pablo VI, que da piedad a la Santísima Virgen, de modo subordinado a la piedad hacia el Salvador y en conexión con ella, tiene una gran eficacia pastoral y constituye una fuerza renovadora de la vida cristiana» (MC 57). La razón es obvia. La verdadera piedad mariana se ordena a la imitación de
María, la llena de gracia que resplandece ante el pueblo de Dios como modelo de virtudes (LG 65), y estimula a ella.
La piedad mariana cobra mayor fuerza y se acrecienta su eficacia sin duda cuando se vive de una forma comunitaria, solidaria con otros fieles. Unos a otros se estimulan a rendir el verdadero culto a la Virgen María. Tal sucede en las cofradías.
El Papa Juan Pablo II, en sus frecuentes visitas a santuarios marianos, nacionales y particulares, los ha definido como centros de vidas espiritual, lugares santos en los que late el corazón del pueblo de Dios de manera más viva; lugares de encuentro especial entre Dios y los hombres..., porque ellos están presididos por la imagen de la Virgen, Madre de la Iglesia y porque en ellos se reúne la Iglesia en plenitud total al amparo de María. El santuario mariano es la casa espiritual de los cofrades; en ellos sobre todo se realiza el encuentro espiritual diario con la Madre y se mantiene un diálogo amoroso con Ella.
Todo esto debe invitarnos a seguir el ejemplo de los Papas, que han favorecido y promovido de manera especial las cofradías marianas. Ellas son instrumento eficacísiri1o de renovación de vida cristiana, testimonio auténtico de la verdadera piedad mariana.
El estilo y el espíritu de las cofradías marianas es un patrimonio riquísimo, que la Iglesia de nuestros días, nosotros mismos hemos recibido de nuestros mayores. No podemos dilapidar por fútiles pretextos, o inconsideradamente esa riqueza devocional.
Es preciso, más bien, acrecentarla, con una renovación de formas y de estilos, procurando que aparezca cada vez con mayor expresividad lo esencial del culto y de la devoción a la Virgen María: su relación a Dios ya Jesucristo, centro de la vida de piedad, y su función santificadora. Pablo VI marcó las pautas en Marialis Cultus (nn. 24-39).