|
|
1. De los santuarios en general.
La imagen y el santuario -inseparables en el culto católico a Santa María Madre de Dios- se remontan a la antigüedad que tiene ese culto.
De muy antiguo existen ermitas, templos, basílicas y catedrales dedicadas a la Santísima Virgen, donde Ella, con una advocación especial, da el título o nombre a ese santuario.
Algunos santuarios tendrían su origen en la expresa voluntad de la misma Virgen. Entre los más famosos actualmente: Loreto en Italia, Guadalupe en México, Lourdes en Francia, Fátima en Portugal y El Pilar en Zaragoza.
Otros se han erigido en honor de algunos privilegios o advocaciones de María: la Inmaculada, el Rosario, el Carmen, Nuestra Señora de las Angustias (Granada), del Camino (León), Desamparados (Valencia) y tantos otros.
Los más han nacido, según respetables tradiciones locales, para dar lugar digno a una imagen antiquísima, que, ocultada en críticos momentos históricos, habría sido encontrada en circunstancias providenciales, precisamente al cambiar el rumbo de la historia: la Virgen del Sagrario, la Bien Aparecida, la Fuencisla, la de Sonsoles, la del Rocío...
Estos, como otros -en España son incontables- están ligados por ello a las vicisitudes de nuestra Patria: Covadonga, Roncesvales, Montserrat, Guadalupe, Nuestra Señora de la Cabeza, la del Alcázar...
2. Lo fundamental y lo accesorio en los santuarios de la Virgen: fundamento y significado.
Según esto, y teniendo en cuenta que el origen no afecta a la naturaleza y razones de la verdadera devoción a la Señora, recordemos algunas puntualizaciones orientadoras:
1. Hemos de estar alerta para no rechazar, sin más, como legendarios, todos aquellos sucesos de la antigüedad que no pueden documentarse de manera
precisa. De que las gentes no tuvieran entonces el sentido crítico y el afán de documentación que exige hoy una historia seria, no puede concluirse que todo aquello sea pura invención. No es razonable pensar que tantas venerables tradiciones nacieran sin fundamento alguno o por piadoso fraude; aunque no haya mayor inconveniente en admitir que después el hecho o núcleo central pudiera haber adquirido revestimientos legendarios.
Sin el providencial proceso instituido por el Arzobispo Apaolaza, el milagro de Calanda sería tenido hoy como pura leyenda. Y, sin embargo, el proceso pudiera muy bien no haberse instruido, como podemos suponer de tantos otros acontecimientos similares.
Nótese además que quienes exigen pruebas positivas y fehacientes para admitir estas antiquísimas tradiciones, no las aducen ellos para demostrar lo legendario del origen de las mismas.
2. Cuanto al valor y significado de dichos títulos, deberán estudiarse en cada caso:
a) Muchos de ellos, frecuentes en toda la geografía católica y concretamente en toda España (Virgen de la Barquera, el Brezo, el Campo, el Olivar, el Valle, la Viña...) diríanse simples alegorías o símbolos para poner de relieve, por una parte, la imitabilidad de la Virgen en la vida ordinaria de los fieles dentro del medio en que se desenvuelven, y por otra para significar su predilección
por los pobres y humildes, que en Ella ponen su «esperanza» porque la saben su omnipotencia Medianera.
b) Otros títulos -digamos la Almudena, Covadonga, Carmen de Maipú (Chile), Batalha (Portugal)- pueden arrancar de hechos históricos que, luego tal vez fueran mitificados. No obstante, esos títulos no tienen por qué ser rechazados: sobre la carga afectiva del legítimo sentimiento patriótico, transmiten la persuasión del Pueblo cristiano de que la Virgen toma parte activa en la vida de la Iglesia en general -y consiguientemente en los orígenes y vicisitudes de la cristiandad en cada iglesia local-, y aún en la vida espiritual de cada hombre, como nos recuerda el Vaticano II.
c) Finalmente, otros títulos o santuarios cuyos orígenes, verosímilmente, sean puramente legendarios, aún ésos hay que saberlos utilizar con una prudente catequesis. Pensemos en tantas imágenes que se dicen o pintadas por San Lucas o modeladas por manos de ángeles (el santuario de Kiev habría sido construido por arquitectos celestiales, el mismo origen habría tenido la Virgen de los Reyes de Sevilla...) o en la piadosa tradición de la Virgen de las Nieves.
Efectivamente, para componer la verdadera «Imagen» de María (su gracia, sus virtudes, su excelencia...) pocos autores ayudan tanto como San Lucas, y el reflexionar en la excelencia y santidad de la Madre de Dios podría llevar a pensar que sólo artistas celestiales eran capaces de esculpir una imagen de la Virgen que se acercara algo al original. Y para plastificar la blancura y perfecta virginidad de María es muy a propósito la nieve caída, en agosto, sobre el Esquilino, y autorizada con la presencia del Papa Liberio, coetáneo de los herejes, que negaban esa perpetua virginidad.
Esta es una pauta de interpretación posible para explicar el origen de algunas tradiciones legendarias.
Pero hablemos en general.
La Iglesia no teme a la verdad; y es justo que trabajemos en no hacer estribar la devoción a la Virgen en cosas accesorias. Y la «mitificación», aún cuando en ocasiones se llegara a comprobar, nunca es el origen de la devoción a la Señora. Sin tales o cuales «maravillas», se sostienen la excelencia y función de la Virgen en el Misterio de Salvación, y las relaciones que a Ella nos unen: hijos que acuden a su Madre, redimidos ala Corredentora, peregrinos desvalidos que necesitamos la protección de Quien es Abogada, Auxilio, Medianera. Por ello, sin
necesidad incluso de los milagros, subsisten la veneración, la gratitud y el cariño, la confianza que nos lleva a invocarla en todas nuestras necesidades.
Por eso, tratemos de enriquecer el conocimiento de la doctrina mariana, y esforcémonos por purificar su devoción: pues, cuanto más perfecta sea la formación religiosa, más fácilmente se puede prescindir de los orígenes del santuario o de la imagen, sin menoscabo alguno de la devoción a María, y en el ámbito mismo de ese santuario.
3. Presencia activa de la Virgen en sus santuarios
Según esto, en todos los santuarios dedicados a Nuestra Señora, tenemos que admitir una «presencia» suya especial, que la acerca más a nuestra vida cristiana.
Desde luego esa presencia es evidente cuando nos consta, por la aprobación especial de la Iglesia, la historicidad de la aparición de la Virgen.
Tal sería el «milagro» de la descensión de Nuestra Señora para premiar a San Ildefonso, creencia tan enraizada en la conciencia de la iglesia española; o la de Nuestra Señora de la Merced; tal la venerable tradición del Pilar. Aunque de estos hechos en la antigüedad no se instruyeran, naturalmente, los procesos rigurosos que ahora instruye la Iglesia. Por ejemplo, en La Salette, Pontmain, Fátima, Banneux...
Pero, aún en los santuarios en que la tradición se colorea con elementos legendarios, esa presencia es una «realidad espiritual» indubitable.
El amor busca y descubre la presencia del ser querido, aunque él esté personalmente ausente. Aun familiar o amigo que vive lejos de su casa se le hace presente por el recuerdo, la añoranza, el cariño y la delicadeza con que se guardan y cuidan los objetos que fueron de su pertenencia. Lo mismo en los santuarios marianos -los de cada pueblo, ciudad, comarca o nación-: a la Virgen los devotos la encuentran en el santuario tan cercana a la vida de cada uno, que Ella es el recurso en sus necesidades, el consuelo, aliento y esperanza en todas las circunstancias en que viven y trabajan; y ante su imagen ponen y comparten los afanes de cada día, y los momentos decisivos de su vivir: las decisiones definitivas (matrimonio, sacerdocio, emigración...), los éxitos o dolores de la existencia, la esperanza de la resurrección...
4. Los santuarios marianos, lugares de culto a Dios.
En todos los santuarios, lugares especialmente sagrados y «casas de oración», «al atraer la Virgen hacia su Hijo a los que la veneran» (LG 65), por medio de El, el Padre recibe el culto que se merece, tanto en la Liturgia -Santa Misa, confesiones, matrimonios, predicación-, como en las prácticas piadosas colectivas (que son, naturalmente, la suma de actitudes personales): sobre todo en el rezo del Santo Rosario, como recordaba Pablo VI en la carta del l-V-1971 a los rectores de los santuarios marianos. y ello es razón, más que suficiente, para que todo cristiano venere y frecuente estos sagrados lugares, donde la Santísima Trinidad, por medio de María Santísima que siempre nos conduce a Cristo, recibe el culto que le debemos.
5. El santuario de la Virgen, camino para llegar a Dios.
Según esto, de todo lo expuesto, se deduce que la acción pastoral, es decir , lo interesante para estimular una más pujante vida espiritual que brote del santuario, no está en hacer excesivo hincapié en buscar la autenticidad de la historia -que quizá nunca encontraríamos-, ni mucho menos en eliminar la devoción en ese santuario porque nos falte la documentación científica o porque se descubra el halo legendario que lo envuelve.
Lo decisivo -conviene insistir en esto- es convencerse de que todo santuario mariano favorece de modo particular -y éste es un hecho constatable y constatado estadísticamente- la cita del amor entre los hijos y la «Madre de los mil nombres»
(Pablo VI), y comprobar que esa cita lleva a un incremento en las relaciones con Dios. La imagen o icono que llena o preside el santuario es el estímulo vivo y eficaz de la que, aunque está en cuerpo y alma en el cielo «en el lugar más cercano a Cristo», se halla tan cercana a nosotros, que envuelve y estimula toda nuestra vida religiosa, todo nuestro quehacer cotidiano que, en virtud de nuestra vocación cristiana, «ha de estar totalmente orientado hacia Dios» (AA 4). Y María siempre nos conduce a Dios, particularmente desde su santuario: pues a la ermita o santuario nos llevó desde niños nuestra madre para presentarnos a Dios; y hacia ese templo hemos vuelto en romería innumerables veces, y hacia él vuela nuestro corazón en movimiento espontáneo, en cualquier circunstancia importante en que sentimos la llamada de Dios.
6. Los santuarios marianos fomentan la devoción a María, esencial en la vida cristiana.
En definitiva: según las enseñanzas tradicionales de la Iglesia -recordadas en el Vaticano II-, la devoción a la Madre de Dios y Madre nuestra es un deber de todo redimido (LG 54).
Las expresiones de esta devoción -fuera de la Liturgia que nos lleva necesariamente a venerar a la Madre de Cristo en el ciclo anual del Misterio de Salvación- son libres, y brotan espontáneamente de esa vivencia devocional que, según la constitución Lumen gentjum, se traduce en veneración e invocación a la Madre de Dios, en amor e imitación a la Madre de todos los hombres (LG 66).
Cualquiera forma exterior de estos sentimientos vale. «No tienen por qué estar incorporados todos a la vida de cada cristiano -escribe Mons. Escrivá de Balaguer-, pero debo afirmar al mismo tiempo que no posee la plenitud de la fe cristiana quien no vive alguna de ellas, quien, no manifiesta de algún modo su amor a María».
Pero, entre estas manifestaciones de devoción a la Virgen, la que se orienta y brota de los santuarios marianos, es tan universal y constante, que difícilmente se concibe que un auténtico cristiano no sienta aumentársele la devoción a Santa María, cuando acude a encontrarse con Ella en el santuario que, por razones de tan diversa naturaleza como hemos apuntado, es como un imán que arrastra el corazón en busca del encuentro más íntimo con la que es Madre de Dios ya quien siente espacialísimamente Madre suya.
Y «todo encuentro con Ella no puede menos de terminar en un encuentro con Cristo mismo» (Pablo VI, Mense maio).
7. Ideas del Papa Juan Pablo II:
El Papa Juan Pablo II, en sus diversos viajes apostólicos por las naciones del mundo, y en sus visitas a algunos santuarios de Italia, ha puesto de relieve todas las ideas aquí comentadas, así como la importancia pastoral y espiritual de que gozan los santuarios marianos.
En esta hora de afianzamiento y depuración de la piedad popular, en este nuevo resurgir de la religiosidad del pueblo, que es la piedad y la religiosidad de la Iglesia, gracias sobre todo a la acción del Concilio Vaticano II ya las orientaciones del Magisterio de los últimos Papas, los santuarios marianos están llamados a cumplir una amplia y eficaz misión.
La importancia de los santuarios marianos radica en parte en los títulos y advocaciones de la Virgen María, que los distinguen. Pero, sobre todo, se deriva de la función que cumplen para el pueblo cristiano. Manifiestan, como nos recuerda Juan Pablo II, la maternidad espiritual de María y son como el escenario donde se desarrolla su mediación y su acción protectora en beneficio de sus devotos. Son como faros de luz; desde ellos la imagen bendita de la Señora guía a los pueblos por los caminos de la paz y de la vida cristiana.
Como lugares especiales de conversión, de penitencia y de reconciliación de las almas con Dios, manifiestan de manera especial la acción maternal de María sobre las almas, para llevarlas a su Hijo. Son centros de meditación y de profundización en la fe, donde las almas, guiadas por la Virgen de la oración y de la contemplación penetran más y más en los misterios del Verbo hecho carne y en el misterio de la Iglesia.
Son lugares especiales de encuentro con Dios. En los santuarios marianos late el corazón del pueblo cristiano de manera más viva. En ellos se percibe la presencia acogedora de María, que robustece y da fuerza a los espíritus.
Todas estas son ideas del Papa Juan Pablo II. La actitud del Papa nos invita por una parte a visitar los santuarios marianos, para aprovecharnos de sus beneficios espirituales. Por otra parte, nos sugiere los cuidados con que debe ser organizada en ellos la práctica pastoral, en beneficio y en atención a cuantos los frecuentan.
De este modo, los santuarios marianos llegarán a ser en realidad -como la desea el Papa- «centros vivos de vida eucarística y mariana», «Signos proféticos de la plenitud que Jesús vino atraer ya comunicarnos en la Iglesia».