Evangelio: Mt 18, 1- 7.10.
ORACIÓN
DEL EDUCADOR
Señor, Tú
has querido que mis manos frágiles y humanas fueran instrumentos de ayuda
para completar la obra de tu Reino de Bienaventuranzas, soy consciente de
esta responsabilidad y por eso necesito tu fuerza, tu luz y tu bondad.
Señor, he
leído en el Evangelio que los niños, en forma espontánea se acercaban a
Ti, los rasgos de tu rica personalidad atraían la mirada limpia y sencilla
de la almas ingenuas.
Señor, yo
sé que tú sembraste la buena semilla y a través de los siglos la Iglesia
va recogiendo pacientemente los frutos de la redención.
Señor, Tú
sabes que necesito mucha fe, fe en mi labor. Fe en la potencialidad de la
juventud, fe en la fuerza transformadora de tu palabra, fe en un porvenir
mejor.
Señor, yo
sé que el AMOR se identifica con el verbo DAR. En la labor educativa
eseVerbo DAR se conjuga en todos los modos, tiempos y personas.
Señor,
que comprenda el significado de la vida como dádiva constante como lo
fuiste Tú. Tengo que darle a los que has puesto bajo mi cuidado mi
ciencia, mi alegría, mi optimismo, mi tiempo, mi experiencia, mi ser y mi
vida.
Señor,
has que comprenda y sienta la alegría del Don sin reservas, sin
condiciones, sin recompensas.
Señor, si
llegan satisfacciones humanas te las agradezco, serán estímulo para mi
labor y si no llegan, también te lo agradezco porque así me ayudarán a
comprender que una labor desinteresada es buen camino para superar la
vanidad y la autosuficiencia.
Señor,
ayúdame a comprender la fuerza del testimonio, que a mis alumnos los mueva
más las actitudes de mi vida, traducidas en hechos concretos, que mis
palabras.
Señor, ayúdame a encauzar a mis alumnos por el camino
de una mayor personalización, que mis obras, mis palabras, mis valores,
mis actitudes sean para ellos ayuda, impulso, que sean más decididos, más
valientes, más bondadosos, más justos, más comprometidos.
Señor,
que yo pueda construir en ellos una iglesia más cristiana y una Patria más
justa más solidaria y más fraternal.
Señor,
que yo comprenda la verdad que encierran estas palabras: “Es mucho más
importante educar que instruir”.
Señor,
que al final de la existencia puedan decir mis alumnos de su maestro: “Qué
bueno (a) era”, y que yo pueda decir con la sonrisa en los labios:
“Gracias, Señor, porque has hecho fructificar mi labor”.