LOS
REGALOS DEL ESPIRITU SANTO
P. Celerino Anciano o.p.
Por
supuesto que no hay cristiano que no sepa que el Espíritu Santo
además de ser “el Protagonista de la Misión” como lo dice
bellamente el Santo Padre en la Rmi cap. III, es además, el huésped
por excelencia de todas nuestras actividades espirituales. Sabemos que
no podemos ni pronunciar el nombre bendito de Jesús si el Espíritu
no nos ayuda.
Nosotros
lo vamos a recibir como una gracia que nace de El mismo; y él, a su
vez nos va a regalar sus DONES.
- Es
una verdadera lástima que en nuestra formación, en nuestra
catequesis y en nuestra dirección espiritual no ocupen el espacio
que merecen estos auxilios especiales con que el Espíritu nos
regala a cada ratito. Alguien dijo del Espíritu Santo que era
“El Gran Desconocido” de los cristianos. Y de sus dones ya ni
se habla, ni casi se conocen. Usted mismo que lee estas líneas
intente recordarlos y enumerarlos...
Sea
como sea el misionero, de manera constante y fuerte necesita de esos
regalos divinos que son 7 en nuestros cómputos y amparados un poco en
la Sagrada Escritura, pero con toda seguridad que son más, no tenemos
noticias de ellos, por lo menos el cristiano de a pie; los Santos son
otra cosa, los santos se ponen a contar y no paran. Es que son
innumerables las formas que tiene el Espíritu Santo para consolarnos
(acuérdense que él es el Espíritu Santo Consolador) y para santificarnos
que es su función especial dentro de cada alma.
El
Catecismo nos habla escuetamente, simplemente los enumera y dice:
1º
DON DE SABIDURíA:
No es para que sepamos muchísimo de muchas cosas; sino para
perfeccionar en nosotros ni más ni menos que el amor, la caridad. Las
almas privilegiadas que de manera habitual han recibido ese don han
amado a Dios como no tenemos ni idea; han aparecido ante el mundo como
unos loquitos que eran capaces de hacer por Dios y por la gente gestos
heroicos. Díganme si un misionero no necesita de este don del Espíritu
Santo, cuando las exigencias de la Misión casi siempre, de manera
habitual, han de ser heroicas.
2º
DON DE ENTENDIMIENTO: Potencia y cómo que dispara la
virtud de la fe. Con él se entienden de manera admirable lo más
profundos misterios; se comprende por ejemplo la santidad de la Virgen
María; la grandeza de la Santa Misa, y su valor infinito... por medio
de ese admirable don se ilumina nuestro entendimiento y nos confiere
una fuerza y una eficacia santificadora, tal como la necesita el
evangelizador, el que se entrega a la causa estupenda de dar a conocer
al
mundo a Cristo el Señor, su Vida y su Evangelio; al que deja su vida
en los campos de las Misiones.
3º
DON DE CIENCIA: Se trata de la ciencia verdadera,
de la que viene y va a Dios en directo. Por supuesto que también
perfecciona la fe que debemos transmitir a los demás, como el mejor
servicio que se le puede prestar a los hombres, de acuerdo con Juan
Pablo II. Esta ciencia nos enseña “a juzgar rectamente de las cosas
creadas”. El “hermano sol y la hermana luna” se las inventó el
corazón de San Francisco de Asís con esta ciencia, que merece la
vida entera por conocerla y gustarla. El misionero vive en pleno
contacto con la naturaleza y sus maravillas; y todo le ayuda para
entender mejor el amor de Dios y explicárselo con fuego a quienes
nunca supieron que tenían en los cielos un Padre bondadoso que es
puro Amor.
4º
DON DE CONSEJO: Gracias, en buena parte, a este
regalo del Espíritu los misioneros fueron a parar a territorios que
ni sabían dónde quedaban en la geografía de los continentes o países.
Allí fueron a dar con sus huesos y con su enorme carga de fe y de
amor, guiados, quizá sin saberlo, por el consejo sutil y cierto del
Espíritu Santo. Ayuda mucho, pero mucho, a esa virtud tan rara y muy
pocas veces tomada en cuenta que es la prudencia, virtud casi
desconocida y raras veces empleada en nuestro vivir y en nuestro
actuar. Nuestras grandes determinaciones en la vida están o deben
estar signadas por el don de Consejo,
si es que no queremos fracasar con nuestras propias loqueras o
nuestros criterios personales.
5º
DON DE PIEDAD: No es expresamente para formar
monaguillos piadosos –que tampoco debe ser cosa fácil- sino que con
este don, el Espíritu nos hace descubrir a Dios como Padre y quererle
con todas nuestras fuerzas; de paso nos estimula a querer a nuestros
hermanos, como Teresa de Calcuta quería a los leprosos. Es la vida
ordinaria del misionero. Gentes que no conocen de nada ni la entienden
en su cultura, ni saben de su idioma, y se fajan, sin embargo, a
conocer, amar y ayudar en cuerpo y alma, a pequeños
Cristos que se le han cruzado en el camino de su vocación
misionera. El don de piedad actúa como un auténtico milagro en el
corazón del misionero. (Cuando se habla del misionero, se entiende
por igual de la misionera, de la persona consagrada o del laico
comprometido. Los dones no tienen género. Son del Espíritu Santo y
basta).
6º
DON DE FORTALEZA: Se trata de una fuerza del Espíritu
Santo que resiste y acomete según la necesidad del
momento. Es bueno
recordar que la fortaleza es una de las virtudes cardinales ¿Se
acuerda usted por dónde anda eso en el catecismo que estudió? Pues
aunque no se acuerde nadie, ni lo tome demasiado en serio, el Espíritu
Santo, sí; él concede una fuerza y un valor increíble a quienes
asiste en los trances más difíciles de la vida. Necesitamos todos
urgentemente y casi en cada momento, de esta fuerza única que resiste
el mal; el que sacude al mundo y a sus gentes como un huracán y
tiende a destruirlo y borrarlo del mapa de la vida.
Resistir
el mal y hacer siempre el bien, sin cansarnos como nos enseña San
Pablo. Las causas de Dios son empinadas, costosas; exigen muchas veces
la vida misma. Por algo la Iglesia creció con la sangre de sus mártires.
Pura fortaleza de Dios; don bellísimo y absolutamente necesario en
nuestros tiempos.
7º
DON DE TEMOR A DIOS: También el temor es
necesario; pero es un temor pleno de amor; es un susto justificado de
perder la amistad de nuestro Padre Dios y de nuestro Hermano Jesús.
Un enamorado tiembla sólo con pensar en que puede perder a su amor; a
la persona que es razón de su vida. Se trata de un temor filial, el
temor de Dios. Por supuesto que, si al perder al Dios se pierde el
cielo donde él habita con sus santos, se puede uno imaginar lo terrible que tiene que ocurrir en el corazón de un misionero, si
después de una entrega heroica y sin límites se queda del lado de
afuera. San Pablo lo sintió y debió temblar como la hoja en el árbol.
Temía que predicando a los demás, él mismo pudiera ser borrado del
libro de la vida. El don de temor es sano, muy digno de que lo
tomemos en cuenta y de pedírselo al Espíritu Santo junto con los demás
dones y regalos que él nos hace.
Es
bueno que hablemos del Espíritu Santo; descubramos su presencia
en nuestros corazones y agradezcamos el
milagro amoroso de revivir dentro de nosotros, con esa suavidad y
fortaleza, solo perceptible cuando nos entregamos a El como Abogado
nuestro ante el Padre, que no cesa de interceder por nosotros “con
gemidos inefables”.
¡VEN
ESPIRITU SANTO Y LLENA NUESTROS CORAZONES CON EL FUEGO DE TU AMOR!