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Texto y dibujo: Hermana Teresa Castaño MAR
En la cartelera colocar, en su momento, lo que se indica en la ACTIVIDAD.
Queridos niños: El designio de Dios, su plan, su proyecto es que todos los hombres y mujeres del mundo lleguemos a participar de su felicidad eterna. Por eso, él no libró a su Hijo del sufrimiento y de una muerte tan dolorosa, porque quería rescatarnos. Si tuviéramos siempre en el pensamiento este Misterio no nos alejaríamos de Dios; trabajaríamos porque todos los demás llegaran también al conocimiento y experiencia de este Amor Misericordioso y Salvador.
-¿He ofrecido a Jesús los deberes que he realizado, durante la semana? -¿He rezado por la unión de mi familia y por la unión de las familias de mis compañeros? Querido Jesús: Creemos en Ti, eres nuestro Salvador. Danos tu Espíritu para que nos haga comprender lo que la Iglesia nos enseña sobre tus Misterios. Ayúdanos a permanecer pequeños para que Tú puedas obrar en nosotros. Te damos las gracias porque siempre nos amas y no excluyes a nadie de tu amor. Amén.
Lucas 24, 25-27. Entonces Jesús les dijo: ¡Qué necios y torpes son ustedes para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? Y comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.
La muerte violenta de Jesús no fue una casualidad. Está dentro del misterio de la voluntad de Dios, como lo explica San Pedro a los judíos de Jerusalén en su primer discurso de Pentecostés: “Fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios”. Este lenguaje bíblico no significa que los que “han entregado a Jesús” no fuera gente con capacidad de decidir por sí misma. Para Dios todos los momentos del tiempo: pasado y futuro, son un presente. Por tanto establece su designio eterno de “predestinación” teniendo en cuenta la respuesta libre de cada persona: “Sí, verdaderamente, se han reunido en esta ciudad contra tu Santo Siervo Jesús, que tú has ungido, Herodes y Poncio Pilatos con las naciones gentiles y el pueblo de Israel, de tal suerte que ellos han cumplido todo lo que, en tu poder y tu sabiduría, habías predestinado” (Hechos 4,26-28). Dios ha permitido las actuaciones surgidas de la ceguera de aquellos para realizar su designio de salvación. Este designio divino de salvación a través de la muerte de Jesús había sido anunciado antes en la Escritura como un misterio de redención universal, es decir, de rescate que libera a los hombres de la esclavitud del pecado. San Pablo declara que “Cristo ha muerto por nuestros pecados según las Escrituras”. La muerte redentora de Jesús cumple, en particular, la profecía del Siervo doliente y, Jesús mismo presentó el sentido de su vida y de su muerte a la luz del Siervo doliente. Después de su Resurrección dio esta interpretación de las Escrituras a los discípulos de Emaús, luego a los propios apóstoles. San Pedro, en consecuencia, pudo expresar: “Ustedes han sido rescatados de la conducta necia heredada de sus padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha ni mancilla, Cristo, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos a causa de ustedes“ (1Pedro 1, 18-20). Jesús no fue reprobado como si él mismo hubiera pecado. En su amor redentor se hizo débil como nosotros hasta el punto de poder decir en nuestro nombre en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Dios lo hace solidario con nosotros, pecadores, y lo entregó por todos nosotros para que fuéramos salvados. Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios nos manifestó la grandeza de su amor: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 4,10). Jesús ha recordado al final de la parábola de la oveja perdida que este amor de Dios no excluye a nadie: “De la misma manera, no es voluntad del Padre celestial que se pierda uno de estos pequeños”. La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles, enseña que Cristo ha muerto por todos los hombres sin excepción.
El catequista propone a los niños la siguiente expresión como tema para hacer la cartelera: Si Dios nos ha amado tanto ¿Cómo nos debemos amar unos a otros? En su cuaderno de I. M., cada niño hará su dibujo y, después, entre todos, elegirán aquel dibujo que represente mejor la idea propuesta y, en una cartulina grande, se dibujará y se pintará para colocarlo de una vez en la cartelera.
El catequista invitará a los niños a sentarse en el suelo formando un círculo y les dirá que, despacio y con los ojos cerrados, todos rezarán repitiendo las palabras del Salmo 144. El Señor es clemente y misericordioso, Lento a la cólera y rico en piedad; El Señor es bueno con todos, Se compadece de todas sus criaturas. Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, Que te bendigan tus fieles; Que proclamen la gloria de tu reinado, que cuenten tus hazañas; Explicando tus hazañas a los hombres, la gloria y majestad de tu reinado. Tu reinado es un reinado eterno, Tu gobierno, de generación en generación. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo....
Seguidamente, el catequista dice que si alguien recuerda, alguna frase del salmo, la repita en voz alta. Para terminar, tomados de la mano, cantarán el Padrenuestro.
-Rezar por todos los damnificados de los desastres naturales y víctimas de desgracias para que reciban la ayuda y la fortaleza que necesitan. -Ayudaré con mis ahorros o con una palabra amable a las personas que vea necesitadas.
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