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Texto y dibujo: Hermana Teresa Castaño MAR
Queridos niños: Muchas veces nosotros nos creemos muy buenos y decimos que, si hubiéramos vivido en tiempos de Jesús, lo habríamos defendido de quienes lo torturaban. Pero la verdad es, que cometemos pecados, y con estos pecados azotamos, coronamos de espinas y crucificamos de nuevo a Jesús. Sin embargo, El siempre está dispuesto a perdonarnos porque nos ama, por lo tanto, tenemos que arrepentirnos y pedir perdón.
-¿Le he dicho a Jesús varias veces al día: Jesús, yo creo en Ti. Jesús, yo confío en Ti? -¿He rezado por todos los que no conocen el Evangelio ni han oído hablar de Jesús para que lleguen a conocerlo y a ser sus amigos?
Querido Jesús: te pedimos perdón porque con nuestra malicia y egoísmo, con nuestra envidia y rebeldía, con nuestra poca generosidad y falta de amor te crucificamos de nuevo. Necesitamos tu fuerza salvadora para convertirnos en semillas de amor que siembren paz y alegría en donde quiera que estemos. Bendícenos y perdónanos siempre. Amén.
Lucas 23, 32-34. Conducían también a dos malhechores para ajusticiarlos con él. Y cuando llegaron al lugar llamado La Calavera, los crucificaron allí, a El y a los dos malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.
Jesús fue contado entre los malhechores, ¿por qué? ¿En qué lugar crucificaron a Jesús y a los dos malhechores? ¿Con qué palabras manifestó Jesús su perdón y su deseo de disculpar a quienes lo llevaron a la muerte? Entre las autoridades religiosas de Jerusalén había algunos que eran, en secreto, discípulos de Jesús: el fariseo Nicodemo y el notable José de Arimatea. El libro de Los Hechos nos cuenta que, al día siguiente de Pentecostés “multitud de sacerdotes iban aceptando la fe” y que “algunos de la secta de los fariseos... habían abrazado la fe”. El Sanedrín declaró a Jesús “reo de muerte” como blasfemo, pero, al no tener el derecho de condenar a muerte a nadie, entregó a Jesús a los romanos acusándolo de hacer revuelta política. Con amenazas políticas los sumos sacerdotes presionan a Pilato para que condene a muerte a Jesús. Teniendo en cuenta los hechos históricos que cuentan los evangelios sobre el proceso de Jesús y la intención de cada personaje con relación al proceso, la cual sólo Dios conoce, no podemos atribuir la responsabilidad del proceso a todos los judíos de Jerusalén. El mismo Jesús perdonando en la Cruz y Pedro siguiendo su ejemplo hacen notar la “ignorancia” de los judíos de Jerusalén e incluso de sus jefes. Y aún escuchando el grito del pueblo: “¡Su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!“, con el cual quisieron ratificar la condena de Jesús, no se puede ampliar esta responsabilidad a los demás judíos, de aquel tiempo ni de ahora. La Iglesia jamás ha olvidado que “los pecadores mismos fueron los autores y como los instrumentos de todas las penas que soportó el divino Redentor”. Teniendo en cuenta que nuestros pecados alcanzan a Cristo mismo, la Iglesia no duda en culpar a los cristianos de la responsabilidad más grave en el suplicio de Jesús, responsabilidad que, frecuentemente, hemos atribuido únicamente a los judíos. Culpables de esta muerte son los que continúan recayendo en sus pecados. Nuestras malas acciones son las que han hecho sufrir a Nuestro Señor Jesucristo el suplicio de la cruz. Sin ninguna duda los que se sumergen en los desórdenes y en el mal “crucifican por su parte de nuevo al Hijo de Dios”. Es necesario reconocer que nuestro crimen en este caso es mayor que el de los judíos. Porque nosotros, cuando renegamos de Jesús con nuestras acciones ponemos de algún modo sobre El nuestras manos criminales.
A través de las letras “clave” encontrar la cita de Isaías 53, 8-9.
El catequista, en cartulina de color rojo, habrá hecho un corazón grande y dentro de éste, habrá dibujado y recortado unos corazones pequeños, de diferentes tamaños que después se encajarán en el mismo sitio. En el corazón grande se escribirá: EL AMOR DE DIOS ES PERDóN Y MISERICORDIA y en los corazones pequeños: amor a la Verdad; amor de amistad; amor de esposos; amor de hijos; amor de padres; amor de hermanos; amor al necesitado; amor a la naturaleza. Se recortarán también unos cuadritos de cartulina, del mismo tamaños que el de los corazones pequeños y se escribirá: amor interesado; amor al dinero; amor al placer; amor al poder; amor sin compromiso; amor egoísta; amor a aparecer bien. El catequista invitará a los niños a sentarse en el suelo formando un círculo y colocará en el centro el corazón grande. Se inicia con un canto a Jesús. Seguidamente se invita a los niños a tomar del suelo (estarán colocados bocabajo) los corazones pequeños y los cuadrados. Dirá lo siguiente: El amor de Dios es muy grande; es un amor que siempre perdona y olvida las ofensas. En en Amor de Dios caben también nuestros amores. Nosotros también tenemos amores que no encajan en el amor de Dios y nos hacen daño a nosotros mismos, por eso no tienen forma de corazón. Los que han tomado corazones van pasando al centro y lo encajarán dentro del corazón grande en el lugar correspondiente y los que tienen cuadrados pasarán también pero sólo podrán colocarlos fuera del corazón de Dios. A continuación, se invita a los niños a sacar alguna conclusión de estos gestos que se han realizado y se terminará con el rezo del Padrenuestro.
-Durante la semana, acordarme de ofrecer a Jesús, como ofrenda de amor, cada uno de los deberes que voy a realizar. -Rezaré por la unión de mi familia y por la unión de las familias de mis compañeros.
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