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Texto y dibujo: Hermana Teresa Castaño MAR
Queridos niños: Jesús, por llevar a cabo el plan de Dios de liberarnos de la muerte y del pecado no evitó el ser piedra de escándalo ante los sabios y entendidos de Israel. En este Jesús es en quien nosotros confiamos siempre.
-¿He hecho el compromiso correspondiente a la letra “J” que preparé para este tiempo litúrgico? -¿He rezado por todos los que se han alejado de Jesús para que vuelvan a su amistad con El?
Querido Jesús: Nunca llegaremos a comprender del todo tu gran sufrimiento por rescatarnos del pecado y de la muerte. Enséñanos a decir siempre la verdad, a defender al débil y al necesitado. Fortalece nuestra fe y nuestro amor a Ti. Que busquemos estar unidos siempre, porque Tú quieres que seamos uno. Amén.
Le contestó Jesús: Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen el El, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por El. El que cree en El no es juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el Hijo único de Dios.
-Jesús, conversando con Nicodemo, ¿qué le dice? -¿Para qué envió Dios a su Hijo al mundo? -¿Quiénes son los que están ya juzgados? -¿Los que creen qué van a tener? Jesús tuvo gran respeto por el Templo y subió muchas veces a él en peregrinación en las grandes fiestas judías. Amaba este lugar por ser la morada de Dios entre los hombres. Se indigna cuando ve a los vendedores que han convertido el atrio exterior en un mercado. Jesús al anunciar la destrucción del Templo anuncia su propia muerte y la entrada en una nueva edad de la historia de la salvación, donde su cuerpo será el Templo definitivo. Si la Ley y el Templo pudieron ser motivo de contradicción entre Jesús y las autoridades religiosas de Israel, la razón está en que Jesús, para redimirnos de los pecados, acepta ser piedra de escándalo para aquellas autoridades. Jesús fue considerado por los fariseos contrario a la Ley por comer con los publicanos y los pecadores con toda familiaridad. Y refiriéndose a algunos “que se tenían por justos y depreciaban a los demás”, Jesús afirmó: “No he venido a llamar a la conversión a justos sino a pecadores”. Aún más, proclamó frente a los fariseos que, siendo el pecado una realidad que afecta a todos los hombres, los que dicen no tener necesidad de salvación son ciegos con relación de sí mismos. Jesús escandalizó sobre todo porque su conducta misericordiosa hacia los pecadores la identificó con la actitud de Dios mismo hacia ellos. Dejó entender que compartiendo la mesa con los pecadores, estos eran admitidos al banquete mesiánico. Pero es especialmente, al perdonar los pecados, cuando Jesús pone a las autoridades de Israel en una duda. Estas dicen asombradas. “¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?” Al perdonar los pecados, o bien Jesús dice blasfemias porque es un hombre que quiere igualarse a Dios, o bien dice la verdad y su persona hace presente y revela el Nombre de Dios. Sólo Jesús, consciente de ser Hijo de Dios puede asegurar: “El que no está conmigo está contra mí” y que él es “más que Jonás... más que Salomón”, “más que el Templo”; “Antes que naciera Abraham, Yo soy”; y además: “El Padre y yo somos una sola cosa”. Jesús pidió a los jefes religiosos de Jerusalén que creyeran en El al ver las obras de su Padre que el estaba realizando. Pero, para creer cada uno tenía que morir a sí mismo y “nacer de lo alto” atraído por la gracia divina. Tal exigencia de conversión frente a este cumplimiento de las promesas que no esperaban, nos muestran el por qué del rechazo del Sanedrín y su condena de muerte a Jesús por blasfemo. Las autoridades religiosas obraban así tanto por “ignorancia” como por el “endurecimiento” del “no creer”.
Expresar con un dibujo en el cuaderno de I.M. que luego se pintará, la siguiente idea: Una persona que cree en Jesús, actúa así:
El catequista invita a los niños a sentarse en el suelo formando un círculo. Los invita a contemplar la cartelera, en silencio por unos minutos y seguidamente, recitan todos despacio el Salmo 130: Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; No persigo grandezas que superan mi capacidad; Sino que acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre. Espere Israel en el Señor ahora y por siempre. Gloria a Padre, al Hijo y al Espíritu Santo... A continuación, cada uno, expresa lo que el Salmo 130 y la cartelera le hayan sugerido. Se termina cantando el Padrenuestro.
-Decirle a Jesús varias veces al día: Jesús, yo creo en Ti. Jesús, yo confío en Ti. -Rezar por todos los que no conocen el Evangelio ni han oído hablar de Jesús para que lleguen a conocerlo y a ser sus amigos.
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