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Texto y dibujo: Hermana Teresa Castaño MAR
Reflexionar con los niños que Jesús es el Hijo Único de Dios.
Queridos niños: En la Palabra de Dios, que reflexionamos en la catequesis pasada, ya nos adentrábamos en el tema de hoy. Pedro respondió a Jesús: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Después de la Resurrección, con la venida del Espíritu Santo, se cayó el velo que ocultaba a los discípulos la realidad sobre Jesús. Lo que los apóstoles creyeron, nos lo han comunicado y Jesús se nos ha revelado también a nosotros. Nosotros creemos en él y sabemos que El es nuestro camino y la única puerta para ir al Padre.
-La carta que escribí a uno de mis papás, ¿tuvo alguna respuesta? -¿He rezado todos los días para que los cristianos podamos vivir como los primeros creyentes: muy unidos a Jesús, amándonos unos a otros y compartiendo lo que tenemos?
Querido Jesús: Tú, eres el Hijo único de Dios y porque te hiciste hombre como nosotros, te hiciste nuestro hermano y fuimos adoptados por el Padre como hijos. Nos enseñaste cómo debíamos orar: “Padre nuestro..., hágase tu voluntad..., perdónanos..., no nos dejes caer en la tentación... Gracias, Jesús, porque nos has liberado y salvado para siempre; no permitas que nunca nos separemos de ti. Amén.
Había un hombre del partido fariseo, llamado Nicodemo, una autoridad entre los judíos. Jesús le dijo: Como Moisés en el desierto levantó la serpiente, así ha de ser levantado el Hijo del hombre, para que quien crea en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que quien crea no perezca, sino que tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de él.
-¿Recordamos quién era Nicodemo y cuándo y por qué fue a ver a Jesús? -¿Cómo fue levantado el Hijo del hombre sobre la tierra? -¿Cuál fue la causa para que Dios entregara a su Hijo único? ¿Dios para qué envió a su Hijo? Cuando Pedro confiesa a Jesús como “el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mateo 16, 16) Jesús le responde con solemnidad “no te ha revelado esto ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mateo 16, 17). Pedro, por sí mismo no podía confesar que Jesús es el Hijo de Dios sino, porque el Padre se lo da a entender. En el Antiguo Testamento, Hijo de Dios, es un título dado a los ángeles, al pueblo elegido, a los hijos de Israel y a sus reyes. Significa entonces una adopción como hijos que se establece entre Dios y su criatura unas relaciones de una intimidad particular. Cuando el Rey-Mesías prometido es llamado “hijo de Dios”, no quiere decir necesariamente, según se lee en algunos textos, que sea más que humano. Los que designaron así a Jesús en cuanto Mesías de Israel, quizá no quisieron decir nada más. San Pablo, refiriéndose a su conversión en el camino de Damasco escribirá en la carta a los Gálatas 1, 15-16: “Cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo para que le anunciara entre los gentiles...” Y en otro texto del libro de los Hechos 9, 20, que también nos habla de la conversión de Pablo, leemos: “Y en seguida se puso a predicar a Jesús en las sinagogas: que él era el Hijo de Dios”. Que Jesús es el Hijo de Dios será, desde el principio, el centro de la fe apostólica profesada en primer lugar por Pedro como cimiento de la Iglesia. Si Pedro pudo reconocer que Jesús es el Hijo de Dios es porque el mismo Jesús lo dejó entender claramente. Cuando Jesús estaba ante el Sanedrín y sus acusadores le preguntaron: “Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?”, Jesús les respondió: “Ustedes lo dicen: yo soy” (Lucas 22,70). Ya mucho antes, El se designó como el “Hijo” que conoce al Padre, que es distinto de los “siervos” que Dios envió antes a su pueblo, superior a los propios ángeles. Distinguió su relación de hijo con la de sus discípulos pues nunca dijo: “nuestro Padre” sino para enseñarles cómo debían orar: “ustedes, pues, oren así: ”Padre Nuestro” y resaltó esta distinción: “Mi Padre y el Padre de ustedes” (Juan 20, 17). Los evangelios narran en dos momentos solemnes, el bautismo y la transfiguración de Cristo, que la voz del Padre lo nombra como su “Hijo amado” (Mateo 3, 17 y 17, 5). Jesús se designa a sí mismo como “el Hijo Único de Dios” (Juan 3, 18). Esta confesión cristiana aparece ya en la exclamación del centurión al ver morir a Jesús en la cruz: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Marcos 15, 39), porque es solamente en el misterio pascual donde el creyente puede llegar a entender el sentido pleno del título “Hijo de Dios”. Después de su Resurrección, su relación de Hijo de Dios aparece en el poder de su humanidad glorificada: “Constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su Resurrección de entre los muertos” (Rom 1, 4). Los apóstoles podrán confesar “Hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad” (Juan 1, 14).
El catequista da a cada niño un papel, de cualquier color, cuadrado, de 15 por 15 cm. Les entregará media hoja de papel en blanco para dibujar, pintar y recortar. Primer paso: hacer una barca con el papel cuadrado. Después de hacer la barca, teniendo en cuenta su tamaño, dibujar a Jesús y a sus discípulos, luego: pintar y recortar las figuras y colocarlas dentro de la barca. Puede, cada niño redactar una expresión relativa al tema de hoy. Pasos a seguir para hacer la barca:
El catequista invita a los niños a sentarse en el suelo formando un círculo. Se entona un canto y luego, se les sugiere que todos, manteniendo silencio, cierren sus ojos. Les dirá: cada uno imagine que es Nicodemo que va a visitar a Jesús de noche... Saludamos a Jesús, le hablamos y escuchamos lo que nos dice. Pasado un rato, no muy largo, se canta o recita el Padrenuestro.
-Ayudar en mi casa en el oficio o trabajo que menos me gusta. Lo haré por amor a Jesús. -Rezaré todos los días por la paz del mundo y por las intenciones del santo Padre Juan Pablo II.
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