Benedicto XVI: Junio, mes del corazón de Cristo
Intervención con motivo del Ángelus
Esta sucesión hace pensar en un movimiento hacia el centro: un movimiento del espíritu guiado por el mismo Dios. Desde el horizonte infinito de su amor, de hecho, Dios ha querido entrar en los límites de la historia y de la condición humana, ha tomado un cuerpo y un corazón, para que podamos contemplar y encontrar el infinito en el finito, el Misterio invisible e inefable en el Corazón humano de Jesús, el Nazareno.
En mi primera encíclica sobre el tema del amor, el punto de partida ha sido precisamente la mirada dirigida al costado traspasado de Cristo, del que habla Juan en su Evangelio (Cf. 19,37; Deus caritas est, 12). Y este centro de la fe es también la fuente de la esperanza en la que hemos sido salvados, esperanza que ha sido el tema de mi segunda encíclica.
Toda persona necesita un "centro" para su propia vida, un manantial de verdad y
de bondad al que recurrir ante la sucesión de las diferentes situaciones y en el
cansancio de la vida cotidiana. Cada uno de nosotros, cuando se detiene en
silencio, necesita sentir no sólo el palpitar de su corazón, sino, de manera más
profunda, el palpitar de una presencia confiable, que se puede percibir con los
sentidos de la fe y que, sin embargo, es mucho más real: la presencia de Cristo,
corazón del mundo.
Os invito, por tanto, a cada uno de vosotros a renovar en el mes de junio su
propia devoción al Corazón de Cristo, valorando también la tradicional oración
de ofrecimiento del día y teniendo presentes las intenciones que propongo a toda
la Iglesia.
Junto al Sagrado Corazón de Jesús, la liturgia nos invita a venerar el Corazón
Inmaculado de María. Encomendémonos siempre a ella con gran confianza. Quisiera
invocar la materna intercesión de la Virgen una vez más por las poblaciones de
China y Myanmar, golpeadas por calamidades naturales, y por quienes atraviesan
las numerosas situaciones de dolor, enfermedad y miseria material y espiritual
que marcan el camino de la humanidad.