Sin
embargo, ya más de seiscientos años antes, Jesús había dicho: “Usen las
riquezas de este mundo para hacerse amigos que los reciban en las moradas
eternas” (Lc. 12,16-20; 16,19-31) Había
una vez un hombre muy rico: tenía muchas mujeres -como el Corán permite a los
musulmanes- un gentío de servidumbre, un palacio con pórticos de mármol y
jardines donde el agua jugaba en fuentecillas revestidas de mosaicos de oro. Este
hombre, absorbido de la administración de sus bienes, era inteligente y tenaz
en el trabajo. Desgraciadamente tenía un solo ideal: el dinero. Cuando un
mendigo se presentaba a su puerta, lo echaba de mala manera diciéndole:
“trabaja, y serás rico como yo”, su avaricia era tal que también prohibía
a sus familiares cualquier gesto de generosidad. Más
también para él llegó el día en que, como acontece a cada mortal tuvo que
morir. En
espera del juicio, las lamas de los muertos quedan cerradas en una habitación
de la que pueden mirar por una ventanilla hacia el paraíso o el infierno,
objetos de su esperanza o destrucción. En aquellas celdas se encuentran un poco
de provisiones. Sin embargo nuestro hombre, fue cerrado en la celdilla sin
ventana y en la que no había ni una escudilla de agua. Desdeñado,
empezó a protestar y a gritar en contra del trato inhumano reservado a él, así
que Sidma, el guardián, fue a preguntarle la causa de sus protestas. -
¡Me han encerrado en una habitación oscura y sin provisiones! –gritó
el pobre -
¿No lo sabías? –respondió sorprendido el guardián- si tú hubieses
pensado en prepararte alguna provisión cuando estabas en la tierra, ahora la
encontrarías aquí. Nuestro
avaro puesto en aprietos delante a la prueba evidente de su negligencia para la
vida futura, suplicó a Sidma de obtenerle de Dios el permiso de regresar un mes
a la tierra para enmendarle. El guardián le consiguió dos meses de tiempo y lo
reenvió a la tierra, con el pacto de que no revelase a nadie el privilegio
excepcional. Retornado
entre los suyos, que pensaron que se había curado en el último instante de la
enfermedad, se puso a comprar cantidades de harina, aceite, miel, almendras, azúcar
y otros productos. Movilizó a todas las mujeres del pueblo a preparar galletas,
bizcochos crujientes, tortas y -supremo objeto de su gula- una gran cantidad de
“kak”, pequeñas rosquillas tan buenas de comer con el té. Había
tomado a su servicio un panadero que, con ayuda de algunos ayudantes trabajaban
día y noche cocinando dulces. Se vieron bien pronto colgar por los muros y por
las vigas del palacio largos collares de rosquillas “kak”, mientras las
mesas se llenaban de tortas y bizcochos. Mirando crecer las provisiones de día
en día, nuestro hombre se llenaba las manos pensando que tenía para comer por
toda la eternidad. Llegó
finalmente el día de la licencia, y sucedió que la última horneada de
bizcochos “kak”, tal vez por el cansancio del hornero, se quemó.
Propiamente, en aquel instante un mendigo tocó a la puerta. El avaro, esta vez
consintió en darle un dulce, pero escogió para el mendigo, el más quemado
entre los que se habían quemado en la última horneada, un pequeño “kak”
negro y hundido como un pedazo de carbón. Después
de algún instante llegó Sidma que lo volvió a llevar a la celda de espera. El
hombre creyó que encontraría la montaña de provisiones que se había
preparado en la tierra. Con desesperada sorpresa lo que encontró fue el dulce
quemado que ofreció al mendigo. Entonces entendió... era muy tarde! (De
J. Scelles-Millie, contes arabes du Maghreb. París
1970, p. 289-291) PISTAS
DE INVESTIGACIóN
El
protagonista de la fábula tiene buenas cualidades: laboriosidad, amor por el
orden y la belleza, pero son ensombrecidos por un grave defecto: es avaro y egoísta.
Lo que lo hace torpe y obstuso y no le da a entender el sentido de las
“provisiones” necesarias para la vida futura.
-¿Recuerdas
un hecho parecido a la narración de la fábula?
-¿Cuál es la virtud opuesta a la avaricia?-Es
posible después de la muerte regresar a la tierra a enmendar, corregir, a
indemnizar, a compensar un perjuicio, a desagraviar, a satisfacer una ofensa o
defenderse, a resarcir con daño o a reparar un disparate, un infortunio, un
desprovisto, un error garrafal. -¿Podemos
al menos, corregir nuestros defectos mientras estamos en vida?
Dos
proverbios (refranes) resumen la enseñanza de la fábula: “al que obra bien
Dios le asiste” o también, “haz
el bien y no mires a quien”. "No se cansen nunca de hacer el bien" ( 2Tes 3,13)
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