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Wang vivía con su mujer en una casita pequeña que tenía adosado un cobertizo que le servía para guardar las herramientas de su trabajo. Enfrente de su casa tenía un arrozal que cuidaba todos los días con gran solicitud. Era su medio de vida. Una vez, cuando Wang estaba trabajando, se le presentó un caminante que le pidió ayuda: -¿Puedes darme de comer y beber? Wang lo miró amablemente y le dijo: - Son malos tiempos, pero te puedo dar un tazón de arroz y un poco de té. Es mi comida de hoy. El caminante, agradecido, cuando hubo acabado la sobria comida le habló así: -Gracias por tu generosidad. Para recompensarte, toma, te doy esta aguja. Wang lo miró sorprendido. - ¿Una aguja? ¿Para qué me sirve? -Para curar a los enfermos -le dijo el caminante-. No tienes más que tocarles con la aguja y sanarán... Pero ten esto en cuenta: cuando les cures, no les pidas dinero. Si ellos te dan un regalo acéptalo; pero no quieras enriquecerte a su costa. Cuando la mujer de Wang se enteró del regalo que le había hecho el caminante, se indignó. - ¡Tú eres tonto! ¡Una aguja! Vaya regalo. Ese hombre se ha reído de ti. Mas, a pesar de la opinión de su mujer, Wang empezó a curar a los enfermos. Tan pronto como él les aplicaba su aguja, empezaba la curación. Fue tanta la fama de Wang que las gentes acudían formando verdaderas comitivas. - ¿Dónde va toda esa gente? -preguntó un hombre que pasaba por la calle. - A la casa de Wang, el curandero del arrozai. ¡Van centenares de personas todos los días! La mujer de Wang, entusiasmada con el éxito de su marido, no paraba de incitarle al negocio: -Wang, cóbrales. Ganarás mucho dinero y podremos construir una bonita casa. No vas a pasarte toda la vida curando a la gente y tú viviendo en la pobreza. ¡Con este sistema serás siempre un hombre pobre! Y Wang le hizo caso, encontró que su mujer era razonable. Pasado un tiempo, un día un hombre llamó a la puerta de la rica casa de Wang: - ¿Tu marido puede curar mi pierna? La mujer de Wang, que le abrió la puerta, le preguntó: - ¿Tienes cien yuangs? El hombre de la pierna enferma sacó su bolsa con el dinero y pagó cien yuangs a la mujer. Cuando estuvo delante de Wang, le dijo: - ¿Me reconoces? Soy quien te dio la aguja de oro. He venido a recogerla porque te has enriquecido en lugar de hacer el bien gratuitamente. Has arruinado a muchas familias, que han tenido que vender todo cuanto tenían para que tú les curaras de sus enfermedades. Y se marchó, llevándose la aguja de oro. Wang y su mujer lo perdieron todo: su rica casa, la aguja de oro, los amigos y la fama de curar. La mujer, compungido, se lamentaba: Los hemos perdido todo a causa de nuestro egoísmo. - Sí -le contestó Wang-. Nuestros antepasados tenían razón cuando decían: "El sabio nunca busca la riqueza"
- Haz una lista de lo que te ha regalado Dios . - Piensa lo que puedes hacer para compartirlo con los demás. |
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